Artículo completo sobre Seixo de Manhoses: 402 almas que saben a almendra y aceite
Un pueblo de Bragança donde el tiempo se mide en campanas, olor a chorizo y regresos de agosto
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Las campanas de San Bartolomé no marcan la hora. Suenan cuando el sacristán despierta, cuando hay un muerto o cuando le apetece. En la mañana de agosto que os traigo, lo hicieron a las 7:43 por un entierro que nadie esperaba. El tañido bajó por el cerro, partió las almendras del suelo y se fue a abrazar al humo que salía de la chimenea de doña Aurelia —esa que aún hace el café en la lumbre porque «la vitrocerámica no tiene sabor».
La piedra de las casas no se calienta despacio. Arde. A las tres de la tarde es imposible tocar la pared del aljibe sin llevarse un soplido en la piel. Los niños juegan descalzos igualmente: los pies se les vuelven duros como las huellas de los burros que bajan a la fuente.
Sus 404 vecinos se reducen a 402 en invierno. María del Carmen se va a Oporto con los nietos, José Manuel se instala en casa de su hija en Chaves. Pero en agosto regresan todos —hasta Antonio, que hace treinta años que vive en Francia, aparece con la mujer que nadie conoce y un acento que ya no es de aquí ni de allá.
Lo que se come de verdad
La almendra de la que os hablo es la que Ilda guarda en una bolsa de lino dentro de la nevera. Ella me prepara un turrón con miel cuando paso por su casa: machaca los frutos en el mortero hasta dejarlos como arena gruesa, los mezcla con miel de romero que le trajo el hijo de Miranda. No tiene DOP ni sello de nada: es solo de su huerto.
El aceite es el del molino del Seixo. Con él se matan las ganas de comer: rebanada de pan de molde empapada, sal gorda por encima, sentado en el muro a ver quién pasa. Dorinda hacía el mejor aceite de la comarca hasta el año pasado —se murió con las manos aún en las olivas. Ahora lo intenta el nieto, pero «no tiene el oficio».
El chorizo está listo en enero. No se cura en cuevas misteriosas: cuelga de la tranca de la chimenea de mi tía, ahumándose con la leña de roble que quemamos para entrar en calor. Cuando está en su punto, suena hueco al golpearse entre sí.
Las romerías que he vivido
La Romería del Castaño ya no va al castaño: se secó hace veinte años y solo quedó el nombre. Ahora se celebra en la explanada de la iglesia, pero las viejas aún recuerdan cuando se subía a pie hasta donde el árbol era tan ancho que «cinco hombres no lo abrazaban».
En la Feria del Pueblo, mi tío monta la caseta de los churros. No son los de Lisboa: son gruesos, con agujero en medio, cubiertos de azúcar que se te pega entre los dedos. El fajo de churros era lo que nos permitía comprar los libros al empezar el curso.
Por la noche, los chicos van todos al mismo sitio: el café del Seixo. No tiene nombre, es «el café». Se toma una caña, se juega a las cartas, se habla de la cosecha y de las mujeres. A veces aparece algún turista perdido —lo miran como a un marciano, le ofrecen un cortado y le preguntan «¿pero cómo has parado aquí?».
Cuando el sol se pone tras el cerro, mi abuela dice que es la hora en que «los santos sueltan la soga». No es metáfora: es cuando los perros empiezan a ladrar a la nada, cuando se oyen portazos en la aldea abandonada de al lado, cuando el viento trae olor a romero y a algo más viejo que no tiene nombre.
Venid. Pero no traigáis mapas: aquí los caminos cambian de nombre según quién los pregunte. No pidáis recomendaciones: sentaos en el muro de la iglesia y esperad. Alguien vendrá a preguntar si sois «de fuera», ofrecerá una silla, un cuento, un trozo de pan con aceite que os va a quedar en el cuerpo mucho tiempo.