Artículo completo sobre Trindade: el valle donde las campanas confunden el tiempo
Ciento cuatro almas, tres iglesias y un aceite que escuece en la garganta
Ocultar artículo Leer artículo completo
La campana de la iglesia da la hora en punto, pero nunca sola: arrastra consigo el eco de las otras dos iglesias del valle, y durante un segundo no se sabe de dónde viene el sonido. Trindada se aferra a la ladera a 535 metros, una costura de tejados oxidados y paredes encaladas que ya no adelgazan. Ciento dieciséis vecinos —en realidad ciento cuatro, porque los otros doce solo bajan cuando el cartero trae malas noticias— se reparten entre casas que aún huelen a leña verde y a ropa tendida. El silencio es tan denso que se pueden contar las hojas al caer: primero el leve golpe contra el suelo, luego el roce en la tierra suelta.
Tierra de almendros y aceite
Los almendros no florecen: estallan. A mediados de febrero, cuando aún se corta hielo en el bebedero de los perros, los capullos se abren de la noche a la mañana y la ladera parece haber nevado por encima. Después llega el miedo: una noche de helada y todo se vuelve negro, el año perdido. Cuando el miedo pasa, sobra el trabajo. Se sube a los bancales a mano, porque los tractores no caben ni compensan: cada árbol es una boca que alimentar, cada olivo lleva el nombre de quien lo plantó. El aceite nace espeso, deja la garganta apretada y un sabor a pimienta que arde en la comisura de los labios días después. Se guarda para el cocido de alubias blancas y para las heridas de los demás, las que no se enseñan.
Lo que se come cuando no se marcha
El jamón se cura en la misma habitación donde se duerme: el olor impregna la almohada y sale en los sueños. La chouriça de Vinhais pasa tres noches al humo de roble —nada de pesos, se va oliendo hasta que ella diga que está cansada—. El queso terrincho no se vuelca: se cuelga en la lata del agua y se deja escurrir, despacio, como quien no tiene prisa por ir a ninguna parte. En agosto se sacrifican los cerdos; la sangre salta caliente sobre la piedra y los niños —los dos que quedan— aprenden a no llorar. Cada mes tiene su matanza, su siembra, su cosecha; el calendario no se compra, se hereda.
Tres días que aún no han muerto
El 24 de agosto es San Bartolomé. Se madruga más que las gallinas para ir a por pan a la panadería de Vila Flor —aquí no hay, cerró cuando la dueña se fue al hospital y no volvió—. A las nueve de la mañana la plaza ya huele a ajo y a grasa de vaca vieja. Llegan los emigrantes con coche alquilado, traen helado en los mecheros y críos que no hablan portugués. Se juega a las cartas bajo el plátano, se pierde lo que no se tiene, se ríe de lo que no se debe. El día 15 —la Asunción— se sube andando hasta la copa del castaño, se carga una garrafa de agua y se baja medio litro de aguardiente. La tercera fiesta ni siquiera es fiesta: es el día en que se recuerda a quien no resistió el invierno. Nadie marca hora, pero todo el mundo aparece.
Lo que queda cuando los demás se van
Las casas vacías no se cierran: se entreabren, dejan ver la loza en la mesa y la chaqueta en la silla, como si el dueño fuera a volver ya. La viña sigue subiendo en emparrados de castaño, pero nadie la ordena —crece donde le da la gana—. El horno comunitario se enciende dos veces al año: para el pan de la fiesta y para el pan de los difuntos. El agua de la fuente está fría incluso en agosto; se apaga la sed y se matan las penas, de una tacada. La noche cae de golpe: primero aún se distingue la cresta de la sierra, luego todo es negro, solo el perro del Curral do Meio ladra para enseñar a las estrellas su sitio.
Cuando la campana toca por última vez, no es aviso: es pregunta. Y nosotros, los que aquí nos quedamos, aún respondemos, de un modo que solo oye quien ya no espera oír nada.