Artículo completo sobre Edrosa, la aldea que nieva en silencio
Carrascas, chimeneas y castañas bajo el viento de Montesinho
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La chispa de la encina estalla en la chimenea de pizarra y el humo asciende despacio, cargado del olor acre y dulzón de la chouriça que se va asando desde octubre. Afuera, el frío corta la cara —no «muerde», corta— y el viento que baja de la sierra de Montesinho empuja la niebla como quien sacude mantas de lana. Edrosa desperta muy despacio en invierno. Ciento treinta y nueve almas reparten 2 181 hectáreas de carrasca, soutos donde ya nadie recoge castañas y baldíos que aún pertenecen a todos. Cuando nieva —y nieva siempre entre diciembre y marzo— la aldea queda incomunicable dos o tres días. Los muros gruesos no son arquitectura, son supervivencia.
El peso del silencio y de la piedra
La iglesia está donde debe estar: en el centro, pegada al atrio donde los mayores se sientan aunque caiga la nieve. El retablo barroco lleva oro de 1753, pero lo que importa es que allí aún se encienden velas cada domingo. Al lado, el cruceiro de granito sirve de punto de encuentro —y de referencia para quien viene de fuera: «baja hasta el cruceiro, luego gira a la izquierda». En los papeles figura Edroso, 1258, 30 libras. En la práctica, es donde se han bautizado cuatro generaciones con el mismo nombre. Las capillas de San Sebastián y San Antonio solo se recuerdan en romería: la primera para pedir lluvia, la segunda para dar gracias. Los hórreos siguen en pie, pero ya no guardan maíz —ahora albergan herramientas o sirven a los nietos para jugar al escondite.
Hogueras, castañas y el canto de los Reyes
El 15 de agosto la aldea se llena de gente que ni siquiera vive aquí. La procesión baja de la iglesia con ramas arrancadas el mismo día —hayas del camino, robles del baldío. El domingo siguiente, el Día de la Castaña se celebra en casa de Zé Manel: él tiene la parrilla más grande y la jeropiga de 2021 que aún nadie ha descorchado. Las castañas vienen de Vilarinho, donde solo se oyen perros y lechuzas. La víspera de San Juan, el fuego de Sant’Ana se enciende con piñas secas y un chorrito de gasolina «para ayudar». En enero, los Reyes pasan de puerta en puerta con el rostro cubierto —quien no adivine quién hay detrás de la máscara paga una ronda. El mirandés aún se habla, pero solo cuando no hay forasteros: es lengua de casa, no de turista.
Rojões, linguiça y el sabor del bísaro
El cerdo es bísaro de verdad —se nota en las orejas caídas. Se mata en diciembre, se ahúma en enero y se come todo el año. Primero vienen los rojões, luego el salpicón que ha de servirse en pan de agua caliente para soltar la grasa. La chouriça de carne es de las que estallan en la boca: carne picada gruesa, ajos del verano, pimentón de la tierra. El cordero al horno de leña es para los domingos grandes —lo que queda del rebaño que baja del altiplano en mayo. La patata es la de siempre, la que se planta en abril y se come hasta el final: cocida con col, salteada con panceta, aplastada con alubias. La castaña entra en todo: en la sopa, en el arroz, en el bizcocho que hace Adelaide sin receta medida. Los formigos son para los días de fiesta —pan rallado, nueces y miel del bosque. La aguardiente es de madroño, pero quien trajo los frutos fue Jerónimo: 50 litros, 45 grados, se bebe con un higo seco para no hacer daño.
Sendas, lobos y el Sabor
La senda empieza justo en el cruceiro —hay una placa, pero está girada. Cinco kilómetros que suben hasta Vilarinho, donde las casas tienen árboles dentro. Los buitres leonados planejan sobre el souto; quien tenga paciencia los verá desde el muro de la cisterna. El lobo es más raro, pero se oye. El río Sabor queda allá abajo, a dos pasos en coche pero a dos horas andando —quien baja va a pescar barbos bajo el puente de Vilar de Rei. En otoño el parque arde de colores: marrón de la carrasca, rojo del madroño, dorado del tojo. ¿Setas? Solo las que doña Odete enseñó a reconocer: níscalo, chantarela, foelho. Por la noche se apaga la luz y se queda uno con las estrellas —no hay otras.
Cuando la campana da las seis, la última manada entra en el corral y las luces se van apagando una a una. Queda el olor a leña verde, el sonido de los cencerros subiendo la ladera y el silencio que solo la altitud sabe hacer —ese que los primeros días no se oye, pero luego entra en los huesos y ya no sale.