Artículo completo sobre Penhas Juntas: el aroma de castaña bajo penas de granito
Vinhais despierta entre riscos, capillas barrocas y chouriça ahumada que viaja al tiempo
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El olor a castaña asada sube por la senda de pizarra mientras el humo se pierde en el aire matinal. A 677 metros de altitud, Penhas Juntas despierta despacio, con el son grave de la campana marcando las siete y el eco resonando entre los riscos que bautizaron la aldea: penas agrupadas, juntas, como centinelas de granito que custodian este rincón del Parque Natural de Montesinho desde que los primeros pobladores se asentaron aquí, hace más de ocho siglos.
Las piedras cuentan historias sin prisa. En el atrio de la capilla de San Sebastián, del siglo XVII, unas pinturas rupestres de 1698 resisten el tiempo y la lluvia tras montañas. Más arriba, la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción exhibe un retablo barroco donde la luz de la tarre incide en la imagen de la patrona, atribuida al escultor braganza José de Santo Antonio. El cruceiro de granito junto al cementerio marca el paso del Camino Nascente a Santiago, y los peregrinos que llegan sellan el pasaporte en el Café O Penhas antes de afrontar los doce kilómetros hasta Vinhais, cruzando el puente de piedra sobre la riera que atraviesa la parroquia.
Donde el embutido es ritual
Entre noviembre y febrero, la matanza del cerdo reúne a familias enteras en torno a la mesa larga. Las manos trabajan la carne con sal gorda y ajo, rellenan tripas con chouriça de carne de Vinhais IGP, moldean el salpicón y el jamón bísaro que cuelgan de los desvanes durante meses. La sangre cae en cuencos de barro mientras cánticos antiguos llenan la cocina caldeada por el fuego. Más tarde, en el restaurante O Cimo, la chuleta mirandesa DOP se asa sobre brasas de alcornoque, regada con aceite hirviendo que chisporrotea al tocar la carne. La acompaña la patata de Trás-os-Montes IGP, de pulpa amarilla y sabor dulzón, y grelos salteados que dejan un regusto amargo en la boca.
El molino del Pego, recuperado con la maquinaria original del siglo XIX, aún muele trigo y maíz bajo cita previa en la Casa do Povo —la antigua escuela primaria de 1908 que hoy acoge iniciativas culturales. El agua de la riera cae en la cascada del Pego, formando un pozo fluvial natural donde el frío corta la respiración incluso en agosto. Desde ahí parte el PR5, sendero circular de ocho kilómetros que atraviesa sotos centenarios donde se identifican treinta y cinco castaños de más de trescientos años. Entre ellos, el “castaño de los siete brazos”, con once metros de perímetro, declarado árbol de interés público en 2009.
Por la noche, cuando la contaminación lumínica es nula y las estrellas cubren la bóveda celeste como sal esparcida sobre pizarra oscura, el Club de Astronomía de Bragança organiza sesiones mensuales de observación en el mirador de la Sierra de la Corona. A 873 metros de altitud, el silencio solo se rompe con el viento que barre los matorrales de brezo y retama, y con la respiración contenida de quien contempla constelaciones que los pastores ya usaban para guiar rebaños en el siglo XVI.
En la madrugada del 1 de enero, grupos de jóvenes recorren las casas cantando las Janeiras, ofreciendo vino y recibiendo galletas de castaña. Se mantiene viva la tradición del “torno del pan”: cada familia enciende el horno comunitario una vez por semana, siguiendo una rotación que nadie se atreve a romper. El olor a leña de roble se mezcla con el de la broa de maíz recién horneada, y se queda en las manos durante horas —resina, harina, tiempo acumulado en la masa que crece despacio, como todo lo demás en esta aldea donde el granito y la pizarra miden los días por el desgaste imperceptible de la piedra.