Artículo completo sobre Vilar Seco de Lomba: castañas, vino y silencio en Bragança
Un pueblo donde el lagar de 1892 aún late y la campana marca el tiempo de la castaña
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El humo asciende recto desde la chimenea del hórreo, trazando una línea vertical en el aire matinal. A 753 metros de altitud, Vilar Seco de Lomba despierta despacio: la campana de la iglesia da las ocho, el eco resuena por el valle del Mente y se pierde entre los castañares que cubren la ladera. En las bodegas comunitarias, las puertas de madera cuarteadas por el tiempo guardan el olor a mosto y a piedra húmeda. Aquí, en el corazón del Parque Natural de Montesinho, la vida se rige por el calendario de la castaña, del embutido y de la lluvia.
El peso de la talla dorada
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción se alza en el centro de la aldea, el pináculo rococó del campanario recortado contra el gris de los nubarrones. Erguida en 1723, según reza la lápida de la sacristía, custodia un retablo barroco de talla dorada traído del desaparecido Monasterio de Castro de Avelãs. En la capilla lateral, San Antonio vigila en silencio: es el patrón de los novios, y aquí se bendicen las alianzas desde que la capilla se añadió en 1874. En el atrio, el cruceiro de granito del siglo XIX marca el punto donde, el 15 de agosto, la procesión se detiene y las voces de las mujeres se elevan en cántico. Ese día, el aroma al bizcocho de soletilla se mezcla con el humo de las hogueras de la verbena, y la aldea —186 vecinos, siete niños, ciento cinco mayores— se multiplica en voces y risas.
Tres lagares, una memoria
Vilar Seco de Lomba conserva tres bodegas comunitarias donde los vecinos comparten el lagar y la prensa. La del «Lugar do Meio» aún tiene el lagar de granito original de 1892, con la tina labrada a mano y la rosca de hierro forjado que el bisabuelo de Américo Morais transportó en burro desde Vinhais. En otoño, el vino de mesa fermenta en barricas de castaño, y el aire carga el olor denso y dulce de la uva bastarda pisada. En las cocinas, el cerdo bisaro se convierte en chouriça de carne, linguiça y salpicão de Vinhais IGP, colgados en los ahumaderos donde la leña de roble arde despacio. La «Fiesta del Embutido», el domingo siguiente a la Asunción, celebra este ciclo: lonchas gruesas de embutido a la brasa, patata de Trás-os-Montes IGP asada en las brasas, vino tinto servido en cántaros de barro —los mismos que Joaquina Cerqueira aún fabrica en su torno, como aprendió de su madre.
La senda que atraviesa el silencio
El PR3 «Caminho da Lomba» serpentea durante seis kilómetros entre muros de piedra seca, praderas donde el rocío brilla hasta media mañana, bosques de tojos que estallan en amarillo en primavera. El río Mente discurre invisible entre alisos, pero el murmullo del agua acompaña los pasos. En el mirador municipal, la sierra de Montesinho se dibuja al fondo, y el valle se abre en una sucesión de verdes musgo y marrones óxido. Los garranos pastan en los claros; el vuelo pesado de un águila de cola redonda rasga el cielo. La senda se abrió en 2004 por iniciativa de la asociación de vecinos, recuperando el camino que las mujeres recorrían hasta la fábrica de lanas de Guadramil —cerró en 1983, pero las ruinas siguen ahí, ocultas entre la maleza.
Sello y credencial
El Camino Nascente a Santiago atraviesa la aldea desde 2017, trayendo peregrinos que se detienen en el antiguo lavadero-fuente —construido en 1926 con dinero de los emigrantes en Brasil— para llenar las cantimploras. La junta parroquial regala el sello, diseñado por Natália Guedes, nieta del ex presidente Albino Marques. Algunos pernoctan en las cinco casas rurales, despiertan con olor a leña y parten al amanecer, la mochila a la espalda y el sonido de las campanas desvaneciéndose tras la loma.
Cuando llega noviembre, la magosta reúne a las familias en la plaza. Las castañas de la Terra Fria DOP se asan sobre las brasas, la cáscara cruje, la pulpa humea. Eduardo Borges Nunes, el paleógrafo nacido aquí en 1932 que descifró manuscritos medievales en la Torre do Tombo, no ha vuelto desde 1987. Pero la aldea guarda su memoria como guarda los castañares centenarios: en silencio, enraizada en la pizarra, resistiendo al frío.