Artículo completo sobre Inguias: olivar, cerezos y pizarra viva
Valle de Beira Interior donde maduran aceites, cerezas y cabritos entre laderas de pizarra
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La primera luz desgarrada del amanecer cruza el valle y topa con las laderas de pizarra donde los olivares se alinean en ondulados regueros. El aire huele a tierra removida y a hoja de olivo estrujada entre los dedos: ese aroma amargo que se queda en la piel todo el día. En las eras, junto a las casas, el cereal sigue secándose al sol de septiembre —trigo y centeno que recuerdan el peso de las varas de trillar—. Inguias, a 474 metros de altitud, respira al ritmo de seiscientas almas escasas y de una economía que nunca ha dejado de mirar al suelo.
La despensa de la Beira Interior
El territorio de la parroquia se extiende por más de veintitrés kilómetros cuadrados de ladera y valle, donde la viña comparte espacio con el olivo y el frutal. Es tierra con sello Beira Interior: los aceites DOP de Beira Alta y Beira Baixa nacen aquí en los lagares que trabajan entre noviembre y enero, cuando el frío corta las manos y el olor de la aceituna machacada impregna todo el valle. La variedad Azeitona Galega da Beira Baixa, de pulpa carnosa y amargor equilibrado, madura despacio en las ramas retorcidas por el viento del norte —las mismas en las que los mayores cuelgan botellas de agua para espantar a las golondrinas.
Pero hay más. La cereza de Cova da Beira IGP estalla en mayo en los pomares de las cotas más altas, seguida por la manzana y el melocotón de la misma denominación: frutos que exigen el contraste térmico de las noches frías y los días calurosos del verano. Cuando maduran, los agricultores los llevan al mercado de Belmonte antes de las seis de la mañana, cajas de madera apiladas en las furgonetas. El cabrito de la Beira IGP pasta en los regajos y matorrales, alimentado de hierba aromática —el mismo que el domingo de Pascua se asa en el horno del pueblo con patata troceada que absorbe la grasa dorada.
Piedra, agua y tiempo geológico
Inguias forma parte del Geoparque Estrela, reconocido por la UNESCO. Aquí domina la pizarra —roca metamórfica que se parte en láminas finas y dibuja bancales, muros y casas de tejado a dos aguas que resisten el viento—. La geología cuenta millones de años de compresión y plegamiento, visibles en las capas inclinadas de los barrancos donde los niños solían buscar fósiles. El agua corre por arroyos estrechos que surcan el valle y alimentan huertas amuralladas con col, nabo y judía verde —las mismas que las mujeres riegan al atardecer, tirando de cubos de agua fría que les escuece en las manos.
La densidad de población —poco más de veintiséis habitantes por kilómetro cuadrado— deja ver el despoblamiento lento: de los 606 vecinos, 221 superan los sesenta y cinco años. Los niños, apenas cincuenta y cuatro, se concentran en el colegio del agrupamiento vecino, donde el autobús escolar pasa a las ocho. Pero en las casas rehabilitadas como alojamiento local —cuatro entre apartamentos y chalets— llegan visitantes que buscan el silencio denso de la montaña y el contacto directo con la producción agrícola, sobre todo en época de vendimia o recolección de la aceituna.
Sabor a lo labrado
La gastronomía de Inguias no se inventa: se respira en los ahumados que cuelgan de las bodegas, en los hornos comunitarios donde aún se hornea el pan los sábados, en las adegas oscuras donde el vino de la región criza en garrafones cubiertos de telaraña. La chanfana —cabra cocida en cazuela de barro con vino tinto y ajo— se deshace al golpe de tenedor; es el plato que se sirve en las fiestas, cuando las mesas se alargan por la calle y el olor a vino y cabrito se mezcla con el humo del eucalipto. Las papas de carolo —maíz molido grueso hervido en agua y sal— sirven de base al cocido de alubias con costilla, que se come con cuchara de madera. El queso de cabra curado en aceite y orégano acompaña el pan de centeno denso, casi negro, que parte los dientes si no se toma fresco.
Los pomares certificados reservan el postre: compota de cereza en almíbar espeso que las abuelas hacen en cazo de cobre, manzanas asadas con canela en horno de leña, melocotones en aguardiente que atraviesan el invierno en botes de vidrio alineados en la despensa —el mismo lugar donde guardan los frutos secos, nueces y avellanas que se parten en Navidad.
El viento de la tarde levanta el polvo de las eras donde aún se amasa el pan. A lo lejos, la campana de la torre marca las seis: sonido metálico que rebota en el valle y vuelve amplificado por las laderas de pizarra, el mismo que hace cincuenta años llamaba a los jornaleros. En las huertas, alguien riega las coles con agua canalizada del arroyo; el chorro frío cruje la gravilla. El olor a tierra mojada se mezcla con el humo de leña que sale de las chimeneas —el mismo que al caer la noche forma calina en el fondo del valle. Inguias no promete espectáculo: ofrece la cadencia de las estaciones, el peso de la aceituna en la espuerta, el sabor exacto del lugar donde el tiempo se mide en semillas guardadas y en historias que se cuentan a la puerta de las casas.