Artículo completo sobre São Jorge da Beira: la aldea que respira wolframio
Patea la mina de Panasqueira, cine de 1950 y sendos de roble en la Covilhã más minera
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El granito cruje bajo las botas al cruzar la galería. A cincuenta metros de profundidad, el aire huele a roca húmeda y a aceite de motor rancio: ese olor que se te pega a la ropa y que ningún detergente logra quitar. El casco roza el techo bajo —instinto de retroceder— y la linterna dibuja vetas de cuarzo blanco en la pared negra. Aquí, en Panasqueira, el wolframio corrió durante más de cien años por manos de hombres que hablaban un dialecto propio, mezcla de inglés técnico, alemán de ingenieros y beirão cerrado. El ochenta por ciento del wolframio portugués salió de estas entrañas. Ahora, el silencio pesa como el esquisto sobre la cabeza, y la visita guiada al nivel cero dura hora y media que parecen fuera del calendario: es entrar en una catedral subterránea donde Dios es el mineral y los santos, los martillos neumáticos.
São Jorge da Beira nació de la montaña y de la mina. La parroquia más remota de Covilhã —treinta y nueve kilómetros del casco urbano, que en día de nieve parecen sesenta— se emancipó en 1887 porque ya tenía gente suficiente para elegir sus propias autoridades. El nombre vino del santo guerrero, patrón local, y de la Beira Interior que la rodea por todas partes. Pero fue el wolframio quien le dio cuerpo: obreros de todo el país convergieron al cotarro minero a principios del siglo XX, levantaron la Capilla de Santa Bárbara —patrona de quienes bajan al subsuelo— y llenaron la Casa de Cine y Teatro de Panasqueira con sesiones en 35 mm que duraron hasta 1985. El proyector alemán Bauer sigue funcionando, crujiendo como matrimonio viejo en las proyecciones comentadas que devuelven la voz al espacio: ver cine como si fuera 1950, solo que ahora la entrada incluye un chupito de aguardiente.
Donde la sierra se abre en sendero
El paisaje empieza a setecientos metros y sube hasta mil cincuenta. Roble albar, alcornoque, pinar bravo: el monte se cierra en corredores estrechos que el PR 4 de Panasqueira atraviesa en seis kilómetros circulares. El tramo pasa por los escombreras de cuarzo apiladas como esqueletos industriales y remonta al mirador del Caramulinho. Allí, el vecino del bar va a las siete de la mañana a ver amanecer; dice que es el mejor sitio para entender por qué los mineros creían estar más cerca del cielo dentro de la tierra. Al atardecer, los buitres leonados planean en espiral ancha sobre el valle, alas inmóviles contra la luz rasante que incendia el esquisto: la montaña muestra su currículum a quien sabe leer piedra.
El PR 5 de Vale de Cendeiros baja cuatro kilómetros hasta el río Alforfa, donde molinos de piedra se pudren entre helechos y musgo. En las rocas cuarcíticas del lecho, huellas de trilobites fosilizadas recuerdan que esta sierra fue fondo marino: el Geopark Estrela las cataloga como geositio, y tocarlas con la yema del dedo es tocar trescientos millones de años. Es como meter la mano en un pastel de cumpleaños de la Tierra y encontrar una vela apagada.
La Gran Ruta del Geopark cruza la parroquia camino de Penhas Douradas. Quien pedalea la “Vuelta a las Aldeas” —veinticuatro kilómetros enlazando Panasqueira, Cambões y Vale de Cendeiros— siente vibrar el granito irregular del viejo firme en el manillar. Es carretera que hace temblar la dentadura postiza, pero merece la pena: en Cambões, el kiosco de madera y hierro llegó de Coimbra en carro de bueyes en 1923 —tres días de subida que debieron ser una aventura de cine mudo. En años pares, la hoguera de San Juan se enciende delante y las cantigas al desafío suben por la ladera, ásperas como el tinto de la Beira Interior que sirve Zé en vaso de martini que robó al restaurante del Casino de Covilhã.
Sabor de altitud
La chanfana de cabrito cuece horas en cazuela de barro sellada con masa de harina: es el plato que separa a los hombres de los críos y a los turistas de los lugareños. El lechal Serra da Estrela DOP se asa a la brasa con romero silvestre recogido al borde del sendero, el que los pastores llaman “oreja de perro” por la forma. El cabrito de la Beira IGP estofa despacio, carne que se deshace sobre migas de pan de maíz que absorben el jugo oscuro: comer un trozo de sierra que se deshace en la boca. La sopa de panas —col gallega, patata, panceta— calienta las manos en la Casa Museológica, donde objetos de la mina y aperos de labranza comparten techo: ver la vida de dos pisos en una sola mirada.
El queso Serra da Estrela DOP madura en cueva fría; en la Quinta da Cerdeira, la cata (con cita previa, porque doña Amélia no está para aguantar curiosos) corta rebanadas cremosas de pasta mantecosa, sal grueso que cruje entre los dientes. Es queso que cierra los ojos como si escuchara fado. Las tigeladas de São Jorge llevan canela y ralladura de limón, dulzor sencillo que cierra la boca tras el esfuerzo del sendero: abrazos de abuela en forma de postre.
Cielo sin filtro
Por la noche, la contaminación lumínica es casi nula: clasificación Bortle 3, que significa que las estrellas se ven como ajos. Se encienden a miles, y la Vía Láctea surca el cielo de lado a lado como quien pasa el pañuelo por encima de nuestra cabeza. Sesiones de astronomía en el Caramulinho apuntan telescopios a Saturno y Andrómeda mientras el frío de la sierra muerde las orejas: hay que llevar el abrigo del padre, el que usaba para bajar a la mina, porque “en la sierra el frío entra por los huesos y sale por los dientes”. La densidad poblacional más baja del municipio —veintiún habitantes por kilómetro cuadrado— se traduce en silencio denso, roto solo por el ladrido esporádico de un perro pastor o el crujido de una puerta de madera al viento. Es silencio que se oye, como decía mi abuelo.
Cuando se apaga la linterna al final de la visita a la mina y los ojos tardan en reaccionar a la claridad de la entrada, el contraste es físico: la luz de la sierra da en la cara como un puñetazo blanco, y el cuerpo recuerda que aún queda superficie, aún queda cielo abierto, aún queda aire que no huele a piedra partida. Es como despertar de un sueño en el que estuvimos dentro de la tierra y entender que, al fin, el mundo es más grande de lo que creíamos —y que São Jorge da Beira es ese lugar donde la montaña nos abraza y ya no nos deja ir del todo.