Artículo completo sobre Silvares: el alma de la Beira que no cambia
Piedra romana, chanfana humeante y aguardiente de madroño en un pueblo sin prisas
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El olor a leña de madroño flota sobre el atrio cuando el campanario da las siete. Es agosto; la pizarra de la escalera ya quema las plantas a los primeros pasos. En un segundo, una puerta cruje en la Rua da Igreja y sale una mujer con un paño de lino: el mismo gesto de la abuela, de la bisabuela y de quién sabe cuántas más, porque en Silvares las cosas cambian despacio, si es que cambian.
Piedra que habla, madera que gira
El empedrado romano es esa torticolis que llega al descalzarse: 1,2 km de losas irregulares que unieron Castelo Branco con Guarda y hoy alfombran a peregrinos con bastones nuevos y suelas raídas. Cuatro kilómetros de la Vía Lusitana atraviesan la parroquia; quien los recorra deprisa verá dos cruceros manuelinos (uno en el atrio, otro en la Fuente de la Villa) y la ermita rupestre con San Blas y el perro de caza — pintura que ni en Lisboa se conserva tan bien.
El sendero de los Molinos es el paseo de antes de comer: seis kilómetros, dos horas, un pozo de nieve con losas originales y, al final, el mirador del Penedo. Desde arriba, la Cova da Beira parece una alfombra derretida: viñedos, olivares y cerezos al son del aguilillo que se cree dueño del valle.
Chanfana en cazuela de barro, vino de pizarra
En la Quinta do Cardal el tinta roriz nació de la pizarra que corta los dedos: cuerpo cerrado, tanino que aprieta. Sábado o domingo, no falla: chanfana de cabrito en la olla, broa partida, copa que se desborda. En agosto, en la fiesta de Nuestra Señora de la Salud, se añade estofado de cordero con menta de ribera y morcilla de arroz ahumada en cesta de madroño — todo desaparece antes de las tres.
Quien guarde hueco prueba las queijadas de requesón, el bizcocho de naranja y madroño, los caramelos de piñón que se deshacen en la boca. El broche es la aguardiente de madroño: un trago, un respingo, y parece que se anda descalzo por la sierra.
Hogueras de San Juan, máscaras de Entroido
El 20 de enero, San Sebastián: se baja hasta la capilla para la bendición de los campos y se come chorizo asado al frío que sube de la ribera. Domingo de Resurrección, el Compasso toca de puerta en puerta: concertina, tamboril, ramo de laurel cambiado por huevos. La noche del 23 al 24 de junio, la plaza se incendia para la Ceia das Bugiadas; las abuelas bailan con los nietos hasta que sale el sol.
Regreso a la sierra
Silvares tiene hoy 968 almas — cifra que suena a fin de semana lleno, pero es vida entre semana. Franceses y suizos retornados ya han recuperado más de treinta casas de pizarra; la escuela primaria aún tiene niños en el recreo, lo que por aquí es noticia. El torno de hilar ha vuelto los sábados, ahora como souvenir que nadie usa pero todo el mundo compra.
El incendio de 2025 dejó la ladera chamuscada, pero el valle de la Ribeira de Loriga sigue verde oscuro y el gato montés acecha a quien se atreve a acercarse. Al caer la tarde, cuando el campanario da las Ave-Marías, el eco se queda entre los muros como quien aún busca el camino a casa.