Artículo completo sobre Medelim: el eco del Tajo entre pucheros y pizarra
En este pueblo de Idanha-a-Nova hasta el silencio huele a romero y el puente guarda balas del 36
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El eco de los pasos sobre la calzada irregular rebota entre las casas de pizarra y cal mientras el vino trae desde el valle el murmullo del arroyo de Medelim — ese sonido de agua que los viejos llamaban la sangre de la tierra. Aquí, en el filo granítico entre la sierra y el Tajo Internacional, somos 230 almas repartidas por 3.047 hectáreas. Un número que se nota cuando te cruzaas con José del canasto en la puerta del bar y compruebas que el silencio que viene después es el mismo que escuchaban nuestros abuelos.
Piedra testigo
La iglesia de San Blas tiene la puerta pesada que chirria siempre en el mismo sitio — los alfareros de Antanhol la llaman «el gemido de la iglesia». Dentro, el retablo barroco lo pintó un hombre que venía de Vilar Formoso y traía en los bolsillos pigmentos que olían a trementina y a promesas. En el atrio, el crucero tiene una piedra más clara donde los niños se sientan a descansar de los juegos y dejan la huella de los pantalones cortos de verano. El puente medieval guarda en su arco el agujero de una bala del 36 — cuentan que fue el capitán Henrique quien se escondió ahí cuando pasaron los franceses.
Cocina de monte y suelo
El estofado de cordero de doña Lurdes tarda tres horas en el fogón de leña — el tiempo justo de una misa dominical más el café en el atrio. El olor al romero no viene de la ladera, viene del bancal detrás de la casa, donde ella riega cada día a las seis, antes de que canten los gallos. El cabrito es de José, que lo adoba con ajos gordos y lo va volteando en la brasa mientras cuenta cómo era el chaval que se escapó a la guerra. El aceite es del olivo de la tía Amelia, aquel que plantaron cuando nació en el 43 — cada botella lleva un trocito de corcho con el año anotado a boli.
Territorio de vuelo y roca vieja
En el Carrascal el telescopio está roto desde el año pasado, pero no hace falta. Los buitres leonados se dejan ver a la hora de comer, cuando sube el termómetro y las térmicas los elevan como si fueran almas en ascenso. Joaquín, que fue guarda forestal, los reconoce todos — el del ala rota, el de la cola blanca, el que grazna antes de caer en picado. A ocho kilómetros, en el molino del Pica, aún hay harina en el fondo del silo — harina del 97, dicen, cuando José Manuel molía para la boda de la hija. Por la noche, cuando el cielo se abre en una profundidad vertiginosa, aún se oyen las voces de los hombres que se fueron a la guerra y no regresaron — resuenan en las piedras calientes del día, mezcladas con el olor a pizarra que arde en las chimeneas.