Artículo completo sobre Isna: el susurro de la Ribeira entre castaños
En Oleiros, la aldea partida por un río de agua y recuerdos guarda fuego en sus chimeneas
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La Ribeira da Isna baja baja — tan baja que, en pleno agosto, las piedras parecen querer secarse. Se cuela bajo la carretera comarcal, traza una cura perezosa y parte la aldea en dos. Quien llega de fuera oye primero el murmullo, luego descubre un reflejo azul-gris en los cristales de las casas. El olor no es solo de agua: es de hoja de acebo pisada, de cáscara de castaña reseca y, cuando gira el viento, de ahumado que se escapa por la chimenea del señor António.
Isna existe oficialmente desde 1793, pero el nombre es más viejo — nadie se atreve a pronunciarlo en voz alta, porque cada familia guarda su versión. Lo cierto es que, antes de la carretera, antes del puente, antes incluso de la posada, ya se decía «voy para Isna» como quien anuncia un largo camino a cuestas. La sierra del Cabeço da Rainha cierra el horizonte por el norte; al sur, las eras de maíz bajan en bancales tan estrechos que solo el burro de Celestino los recorre sin tropezar.
Cuando vino un rey a cazar
Cuentan que Don Carlos pasó por aquí en 1893, pero don Liberato, que heredó la escopeta de su abuelo, asegura que el monarca «solo llegó hasta Lousã, que aquí ni los perros le siguieron». Sea como fuere, la Fuente de las Mujeres se mandó construir entonces —una losa de granito con un pico de hierro que aún gotea al mismo ritmo. Las mujeres iban a por agua para la broa, volvían con el cántaro en la cabeza y la conversación por los codos. Hoy la fuente está seca arriba, pero aún hay quien abre el grifo de vez en cuando «para recordar cuando el agua era pública».
La iglesia de Nuestra Señora de las Angustias se pintó de blanco en 1987 y nadie termina de decidir si le sienta bien. El domingo, antes de la misa de las once, el párroco abre la sacristía al olor de incienso viejo y al son de la campanilla que conserva timbre de hojalata. Fuera, el atrio hace de tertulia: los hombres de gorra discuten el precio del maíz, las mujeres se sientan en el muro de pizarra y explican la diferencia entre un calcetín de algodón y uno de lana.
Broa sin par
La broa de Isna lleva harina de maíz de la variedad local, agua de la ribeira, un nudo de masa madre que doña Ilda guarda en un plato de loza tapado con un paño de lino. Entra en el horno de leña a las cuatro de la madrugada; cuando sale, la costra cruje como vidrio fino y la miga queda húmeda, dulce, con un sabor casi a miel que nadie logra explicar. Quien atraviesa la aldea el sábado huele antes que ver el cartel de venta: es don Joaquín abriendo la panadería comunitaria, el mismo lugar donde se repartió pan en 1942, cuando el cólera cerró el municipio.
En el Geoparque Naturtejo, los senderos empiezan justo detrás de la iglesia. Hay una marca de pizarra pintada de amarillo que se pierde cuando baja la niebla. El que se atreve sigue los soutos hasta el Carrascal, donde los castaños centenarios parecen centinelas de piedra. Arriba, el viento trae olor a resina y a brezo; abajo, solo se oye la ribeira y, si es hora de cenar, el chasquido de la leña en la chimenea del señor Aníbal.
Isna tiene 151 vecinos, 99 con más de 65 años. Al atardecer, cuando la luz rasante tiñe de naranja el muro de la escuela cerrada, los bancos del jardín de cemento se llenan de silencio. Entonces el murmullo de la ribeira suena más alto que los coches que pasan sin parar. Se queda en la memoria de quien transita por aquí —no como postal, sino como el sonido de una puerta entornada que nadie se decide a cerrar.