Artículo completo sobre Mosteiro: la pizarra que susurra en Oleiros
Pueblo de paredes negras, fuente de peregrinos y misas de cera
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El primer sonido que se distingue es el del agua: un hilo discreto, casi tímido, que resbala entre piedras cubiertas de musgo en algún punto bajo del camino. Después, el viento en los pinares, una ráfaga larga que arrastra el olor a resina y tierra húmeda. Mosteiro, en el municipio de Oleiros, no se anuncia. Se llega por carreteras que parecen terminar en la nada, donde el asfalto se convierte en pista sin previo aviso. El primer indicio de población son los muros de pizarra oscura, apilados con la lentitud de quien tenía más paciencia que prisa. Doscientas sesenta personas —en realidad, menos ahora, porque doña Zulinda se fue a vivir con su hija a Castelo Branco y António ya no se asoma a la taberna desde el invierno pasado.
La ermita que dio nombre al lugar
El nombre lo lleva desde que hay memoria, pero nadie aquí llama “ermita” a lo que ahora es la iglesia. Es “la iglesia”, simplemente, y basta. La puerta se abre con la llave que el cura deja bajo la maceta rota —todo el mundo sabe dónde está, nadie la roba. Dentro huele a cera derretida de las velas compradas en la tienda de doña Amélia y a espliego que la mujer del sacristán frota en el suelo los viernes. Las paredes de piedra tienen tres palmos de grosor —me lo sé de memoria porque mi abuelo me enseñó a medir con la mano cuando era pequeño. Aquí se bautizaron todos los míos, y aquí los pies descalzos de mi madre se helaban en el suelo los días de misa solemne.
Caminar con los peregrinos
Los peregrinos llegan con la cara quemada de sol y los calcetines sucios de polvo. Se paran en la fuente de la plaza para llenar botellas y preguntan dónde pueden comer algo. Mi tío, si está en la taberna, les dice que se sienten y les sirve lo que hay —ayer fue sopa de nabo con embutido, mañana no se sabe. Nadie les habla de la “Via Lusitana”, pero les señalan el camino por la carretera de arriba porque la de abajo tiene el puente roto desde las inundaciones de octubre. Por la noche, cuando acampan en el terreno baldío junto al arroyo, se oye el crujido de las mochilas y el murmullo de voces en lenguas que no entendemos. A veces, el Caserío se acerca con una botella de vino y charla sobre los caminos del mundo, mientras su pero roza el hocico en las manos de quien le quiera hacer caso.
Pizarra, alcornoques y el tiempo geológico
Las aldeas de la pizarra llegaron hace unos años con sus casas recién pintadas y los letreros que dicen “propiedad municipal”. Pero la pizarra que nos interesa es la de las paredes que aún sostienen los tejados de nuestros padres, la que rezuma agua negra cuando llueve y que hay que restaurar con cal y arena, no con cemento. Los alcornoques son los mismos de siempre —algunos llevan las iniciales de mi bisabuela marcadas a fuego, aún se ven. El Geopark trajo escolares y japoneses con cámaras, pero los fósiles que buscaban nosotros los usábamos de niños para sujetar las hojas de maíz. El arroyo de Mosteiro tiene un olor concreto después de la lluvia —mezcla de hojas podridas y barro— que me recuerda a los días que me saltaba la escuela para ir a pescar anguilas con las manos.
El cabrito, la aceituna y la mesa puesta
El cabrito se asa en el horno de Zé Manel, que es más grande que el de los demás, así que es él quien lo hace para las fiestas. La leña debe ser de encina seca al menos un año, si no la grasa no se quema y la piel no cruje como debe. Cuando están asándolos, el olor recorre toda la aldea —pasa por la ventana de la escuela, baja por la calle del cementerio y sube hasta el lugar del Redondo. La aceituna es de esas que se comen con los dedos, directamente del cesto, salada lo justo para arrugar la boca. El vino viene en garrafas de cinco litros que Adelino trae de Fundão, es blanco y agrio como debe, se bebe en vasos pequeños que se llenan y vacían sin parar. Cuando hay matanza, la vecina de la Portela hace morcillas que son las mejores de la parroquia —el secreto es el pimentón que ella misma muele en el molino de su hermano.
Quedarse, observar, participar
Las cosechas ya no son lo que eran —ahora vienen máquinas de la Beira Alta y acaban en dos días lo que antes duraba dos semanas. Pero aún se hace como se puede: las mujeres más jóvenes alcanzan las ramas altas con varas largas, los mayores se sientan en el suelo y seleccionan las aceitunas una a una, contando los rumores del municipio. El pastoreo es de António das Cavadas, que tiene el rebaño mezclado —ovejas y cabras— y los lleva al alto del Carvalhal donde hay pasto hasta diciembre. A veces se pierde una cabra y pasamos toda la tarde buscándola, silbando y llamándola por los nombres que les pone: “¡Fidalga! ¡Bruja! ¡Preta!”.
Al final de la tarde, cuando el sol se pone tras el cerro de la Señora do Monte, la luz entra por la ventana de la cocina de mi abuela y se posa sobre la mesa de piedra donde amasa el pan. Es entonces cuando el silencio se instala de verdad —ni un pájaro, ni un tractor, solo el crujido de la cama de doña Amélia que se da la vuelta. El arroyo sigue ahí abajo, corriendo como corría antes de que yo naciera y como correrá después de que me vaya.