Artículo completo sobre Montes da Senhora: silencio de alcornoque y aceituna
Praderas sin muros, cabrito al fuego de leña y olivares que perfuman el aire de la Beira Baixa
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El viento recorre los olivares sin hallar resistencia. Aquí, en los Montes da Senhora, el paisaje se despliega en ondulaciones suaves — praderas donde el ganado alentejano pasta despacio, manchas de alcornoques y encinas que puntean el horizonte a trescientos setenta metros de altitud. El silencio tiene peso, casi físico, roto solo por el campanillo lejano de algún rebaño o por el grito agudo de una águila calzada que rasga el cielo abierto de la Beira Baixa.
Es la parroquia menos poblada de Proença-a-Nova: seiscientos veinticinco habitantes repartidos en treinta y seis kilómetros cuadrados. La cuenta es fácil — menos de dos personas por kilómetro cuadrado —, pero la cifra no transmite la sensación de inmensidad que se siente al caminar por los senderos rurales. Hay espacio para respirar. Hay espacio para que la mirada se pierda sin tropezar con vallados ni muros.
La devoción que bautizó el lugar
El topónimo remonta al siglo XVIII y guarda la memoria de una antigua capilla dedicada a la Virgen de la Concepción, punto de romería que habría dado origen al poblamiento disperso. No se alza aquí ningún monumento grandioso, ni fortaleza ni palacio señorial. La historia de Montes da Senhora se escribe en minúsculas: en las ermitas de cal blanca que salpican los caminos, en las cruces de granito plantadas en los cruces, en la persistencia de quien se quedó cuando tantos partieron.
Olivares, rebaños y carne con certificado
La tierra produce tres sellos de calidad reconocidos: la Aceituna Galega da Beira Baixa, de pulpa carnosa y sabor dulzón, que se transforma en aceite denso en los lagares tradicionales; el Cabrito da Beira, criado suelto en los montes y asado en hornos de leña hasta que la piel crepita; y la Carnalentejana, de bovinos de raza autóctona que pastan libres entre alcornoques. En las tascas locales, el cabrito llega a la mesa humeante, acompañado de patatas asadas en la misma bandeja donde cayó la grasa. El aceite nuevo, verde-turvo, condimenta todo: desde la açorda hasta el bacalao que se come en las fiestas.
Caminar por el Geoparque Naturtejo
La parroquia forma parte del Geoparque Naturtejo, territorio reconocido por la UNESCO por su riqueza geológica y paisajística. Los senderos rurales se entrecruzan entre valles y cumbres suaves, flanqueados por muros de piedra seca cubiertos de musgo y líquenes anaranjados. Es tierra de observación de aves: ratoneros, cernícalos, corvos marinhos que anidan en los acantilados cercanos. La luz cambia a lo largo del día: dura y vertical al mediodía, dorada y oblicua al atardecer, cuando las sombras de los olivares se alargan como dedos sobre la tierra enrojecida.
El ritmo lento de lo esencial
Quien recorre Montes da Senhora aprende pronto que aquí no hay prisa. Los gestos son medidos: el pastor que conduce el rebaño por la pista de tierra batida, la mujer que tiende la ropa en el patio mientras el viento la sacude, el hombre que poda el olivo con movimientos precisos, heredados de generaciones. Las diecisiete viviendas de alojamiento local ofrecen la posibilidad de quedarse, de despertar con el canto del gallo y dormir bajo un cielo sin contaminación lumínica, donde la Vía Láctea se dibuja nítida.
El sonido que queda en la memoria no es espectacular: es el crujido de una puerta de madera que Antonio aún no ha lubricado, el murmullo del agua en el bebedero de piedra donde los niños se mojan las manos antes del colegio, el arrastre lento de las ovejas en el camino que va al Montinho. Ruidos mínimos, pero que resuenan largos en la vastedad de estos montes donde aún hay sitio para que el silencio respire.