Artículo completo sobre Carvalhal: humo de leña y aceite que sabe a tomillo
Pueblos de Sertã donde el olivo centenario y el maranho marcan el tiempo
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El olor a leña quemada no es perfume: es la misma leña que todavía ha de calentar la cena. En Carvalhal el humo sale recto de las chimeneas y, si el viento viene del lado del Zêzere, arrastra el aroma a pizarra mojada que se desprende de las laderas después de la lluvia. A 404 metros, el aire corta la garganta al salir de la pastelería, donde el café cuesta sesenta céntimos y doña Lurdes sigue sirviendo en taza de loza.
Nueve aldeas se esparcen por mil hectáreas. Está a diez minutos en coche de Sertã, pero quien va a pie tarda el doble porque la carretera comarcal es una alfombra de baches que obliga a desvíos. Entre casa y casa siempre hay un valle, un souto o una levada donde los críos aprendieron a nadar cuando aún no había televisión.
Donde la tierra marca el ritmo
Los olivares son, de hecho, viejos: troncos retorcidos que los nietos de los nietos ya no saben quién plantó. La galega aquí se llama «galega de Carvalhal», más pequeñita, y se recoge después de San Martín, cuando la piel se raja y enseña la pulpa morada. Va todo al lagar de Pego, donde don Joaquín abre solo cuando hay suficiente para llenar la primera prensa; si no, el aceite «se mea». El resultado tiene un dejo de tomillo que no aparece en la etiqueta, pero que quien nació aquí reconoce al instante.
El maranho es otra historia. Cuando se mata el cerdo, en enero, la sala de matar hierve durante dos días. Las mujeres limpian las tripas junto a la pila, los hombres muelen la carne en la máquina que el abuelo compró en 1958. El secreto no es el pimentón: es el arroz que se deja enfriar en la sartén de hierro donde la gallina se friendo el día anterior. Cuando está listo, los vecinos llevan una bolsita envuelta en papel de aluminio y devuelven el favor con un trozo de panceta o un puñado de chuletas.
Por los caminos de la fe
La flecha amarilla del Camino de Santiago aparece pintada en un muro derruido a la entrada de la aldea, pero los peregrinos son raros. Cuando aparecen, preguntan por «la casa del peregrino» y la única que sabe es doña Alda, porque ella guarda la llave. Es un cuarto anexo a su casa, con dos camas de hierro y un quinqué. Siempre deja un trozo de pan en la mesilla, «por si llegan a las tres de la madrugada».
Hay 126 habitantes mayores de 65 años y 54 niños. Los que quedan en el medio se van a Castelo Branco o a Sertã a trabajar en la papelera o en el hospital. A las siete de la mañana el autobús escolar recoge a los críos y el café se llena de padres que aprovechan para saber quién está enfermo, quién ha vendido la oliva o quién va al médico en Lisboa.
Cuando cae la noche, se apagan las luces a trozos. Primero la de Celeste, luego la de doña Albertina, después la de José, que trabaja en Iberdrola. El último en cerrar siempre es el café, por el quiniela. Solo se oye al perro de don Aníbal, que ladra a la luna, y el crujido de la puerta de doña Emília, que no cierra del todo hasta ver apagarse la luz del cuarto del nieto.