Artículo completo sobre Ermida y Figueiredo: silencio de pizarra y aceite
338 almas, olivares en bancales y ahumados que saben a roble
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A 650 metros el silencio cobra cuerpo. En las laderas que ascienden hasta Ermida y descienden hacia Figueiredo, el aire matinal huele a leña de roble quemada en los fogones de piedra, mientras el granito de las casas va absorbiendo el tibio sol de invierno. Aquí viven 338 personas repartidas en 42 kilómetros cuadrados de olivares en bancales y jarales donde aflora la pizarra.
Donde la densidad humana se mide en silencios
Menos de ocho almas por kilómetro cuadrado. La aritmética se traduce en senderos donde caminas una hora sin cruzarte con nadie, en carreteras que serpentean entre valles sin prisa por llegar. De sus habitantes, 184 han superado los 65 años; solo 16 tienen menos de 14. El sonido dominante no es el de voces infantiles en un patio, sino el viento en las copas y la campana de la iglesia que marca las horas con una regularidad que nadie discute.
El aceite que nace en la altitud
Los olivares se extienden por las laderas orientadas al sur, beneficiándose de la amplitud térmica que impone la sierra. De aquí sale un aceite certificado con Denominación de Origen Protegida —Azeite da Beira Interior—, que puede ostentar el sello de Beira Alta o Beira Baixa según la parcela. La variedad Galega da Beira Baixa, de pulpa generosa y maduración tardía, resiste las heladas de noviembre. En las casas, el aceite nuevo huele a hierba recién cortada y almendra verde, servido sobre rebanadas gruesas de broa todavía caliente.
Cocina de altura y ahumados
El Maranho da Sertã —arroz, carne de cabrito y embutidos cocidos dentro de la tripa del animal— es aquí memoria de días de matanza, cuando las familias se reunían en el patio y la sangre humeaba sobre la nieve. El Cabrito da Beira, criado suelto en pastos de retama y brezo, tiene carne firme que los hornos de leña transforman en costra crujiente. En los ahumadores colgados del techo de las cocinas, los embutidos adquieren el color marrón del humo de roble durante semanas. El bucho, hecho con sangre de cerdo y harina de centeno, es de Navidad y se guarda para los días de fiesta.
Camino de piedra y fe
El Camino Interior de la Vía Lusitana a Santiago atraviesa estas tierras, marcado por flechas amarillas pintadas en los muros de pizarra. Los peregrinos que suben la ladera paran junto a las fuentes de inmersión, donde el agua nace fría incluso en agosto, y llenan sus cantimploras antes de reanudar la subida. La única vivienda disponible para alojamiento recibe sobre todo caminantes que prefieren el ritmo lento de las etapas cortas, durmiendo donde el cuerpo pide descanso y no donde indica la guía. Quien pasa por Figueiredo puede ver la cruz de piedra del siglo XVIII junto a la antigua escuela primaria, donde se paraba a rezar antes de afrontar la subida hacia Ermida.
El humo sube recto de las chimeneas al caer la tarde, cuando el frío baja rápido desde las cumbres. En las ventanas se encienden luces amarillas, pocas y distantes entre sí, puntuando la oscuridad de la sierra como estrellas fijas en un cielo de granito.