Artículo completo sobre Várzea dos Cavaleiros: valle de caballeros y silencio
Eco de campanas, pizarra negra y hornos de maranho en la Sertã
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La campana de la iglesia parroquial da tres golpes y el eco baja por el valle hasta la ribera de la Tamolha, donde el agua serpentea entre losas de pizarra negra. Es temprano en Várzea dos Cavaleiros y el humo sube recto desde las tejeras: alguien ha encendido el horno de leña, quizá para asar un maranho, quizá solo para calentar el pan de maíz que acompaña el café. El aire huele a tierra mojada y a leña de roble, y el silencio solo se rompe con el grito de los ratoneros que planean sobre los olivares en bancales.
La memoria grabada en el nombre
El nombre de esta parroquia nació de sangre y estrategia. En tiempos de Alfonso III, caballeros de la Orden del Hospital vencieron aquí a las huestes castellanas en una vega que, hasta entonces, carecía de adjetivos. La victoria se adhirió al lugar: Várzea dos Cavaleiros. Siglos después, hacia el XV, se alzó un monasterio benedictino dedicado a Santiago, hoy desaparecido pero presente en el nombre de una aldea —Mosteiro de S. Tiago—. La capilla que queda conserva una lápida del siglo XV, piedra testigo de una donación de tierras hecha por los mismos caballeros que bautizaron el paraje. El poblamiento se afianzó tras la fundación de la nacionalidad; la parroquia, que fue comendadoría del priorato de Crato, pertenece hoy a la diócesis de Portalegre.
Piedra, agua y fe
La iglesia parroquial, del siglo XVIII, se alza sobria en el centro del pueblo. Dentro, el retablo barroco dorado contrasta con la cal de las paredes y las imágenes del Setecientos permanecen en sus hornacinas, mudas testigos de generaciones de procesiones. Pero la devoción se esparce: capilla de San Carlos en Isna de S. Carlos, capilla de San José en Maljoga, capilla de Nuestra Señora de la Agonía en Pereiro. Cada lugar tiene su patrón, cada capilla su fiesta. El puente sobre la ribera de la Tamolha, de sillares graníticos del XVIII, resiste el paso de los tractores, más ligeros que los antiguos carros de bueyes. Por el valle aún se reconocen diez molinos de agua: algunos restaurados, otros reducidos a muros de pizarra cubiertos de musgo y hiedra.
Lo que se come y se bebe
El Maranho de la Sertã IGP no es un artificio literario: existe, físico, relleno de cabrito con arroz, menta y especias envuelto en bucho de cordero y horneado hasta que la piel cruje. El Cabrito de Beira IGP llega a la mesa estofado o asado, con patata arrugada y regado con Azeite da Beira Interior DOP, prensado de aceituna galega en lagares que aún funcionan entre octubre y diciembre. Hay sopa de cazón con pan negro de centeno, embutidos ahumados —chorizo al vino, farinheira, morcilla— y, al final, dulce de calabaza con piñones y licor de madroño o de piel de naranja, destilado en alambiques caseros.
Senderos, riberas y peregrinos
El Trilho da Ribeira da Tamolha dibuja un círculo de ocho kilómetros que une Várzea dos Cavaleiros con el Mosteiro de S. Tiago, pasando por molinos, levadas y paisajes de pizarra donde los alcornoques y las acebuches crecen torcidos al viento. El recorrido forma parte de la Red Natura 2000 y, al amanecer, es territorio de ratonero real, cigüeña blanca y mochuelo común. Más discretos, los murciélagos cavernícolas habitan la galería de la Corga do Moinho. Por aquí también transitan peregrinos: el Camino Interior de Santiago, la Vía Lusitana, cruza la parroquia por la antigua calzada medieval, memoria física de una Europa que se movía a pie.
Calendario vivo
El 29 de junio, San Pedro —patrón de la parroquia— sale en procesión, seguido de verbena, fuegos artificiales y bailes al son de acordeones. El Domingo de Resurrección, el Compaso recorre las casas con cánticos. En agosto, la romería al Mosteiro de S. Tiago se hce a pie desde la Várzea, peregrinación que reaviva una devoción centenaria. En Navidad, los belenes vivientes ocupan las plazas, y durante la Epifanía los reyes cantan de puerta en puerta. El Domingo de Carnaval entierra el Entrudo con caretos de lata y coplas satíricas que aún arrancan carcajadas.
El olor al aceite nuevo, prensado hace horas en el lagar de piedra, impregna las manos y la ropa. Es un aroma denso, verde, que se pega a la piel y no se va con agua fría. Quien lo huele una vez lo reconoce siempre —y sabe que ha llegado a Várzea dos Cavaleiros en época de cosecha.