Artículo completo sobre Cordinhã: el aldehuela que huele a níspero quemado
Entre calles sin nombre y arroz de sangre, vive la Bairrada más cruda
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El humo sale recto de las chimeneas cuando el día se rinde, tachando el cielo bajo de la Bairrada. En Cordinhã, el olor no es solo de leña: es de la hoja del níspero ardiendo, del humo del chorizo que alguien colgó en la chimenea, de la tierra removida que aún guarda el agua de la lluvia de ayer. Las calles no tienen nombre — tienen desvío hacia la Escuela, camino del Fondo, subida del Cementerio. Las casas de caliza son bajas, sí, pero dentro hay hornos de leña aún en uso y butifarras engrasando platos de barro.
El arroz que no es solo arroz
Quien viene de fuera piensa que es «el arroz de la Bairrada», pero aquí dentro se sabe que es el carolino de las tierras del Mondego, el mismo que la abuela tuesta en el horno antes de echarlo a la cazuela para el «malandro» de anguilas. El día de San Martín, cuando los mostos se prensan en el lagar, se hace el arroz de cabidela con sangre de pato — queda oscuro, casi negro, y solo lleva cebolla, pimentón y un hilo de vinagre que el padre trae en la botella de 7 Up. En la Tasquinha do António — sí, tiene nombre, aunque la puerta carezca de placa — se sirve en plato llano, porque si no «da asco» ver tanto color.
Novecientos y pocos que llenan y vacían
El censo dice 974, pero en agosto son menos: los hijos emigrados se llevan a los nietos, la casa queda haciendo eco. En enero, son más: vienen para las misas del difunto, para el cerdo, para la Navidad en la aldea. La escuela tiene tres aulas en un solo pasillo — 1.º y 2.º juntos, 3.º y 4.º a la puerta de al lado — y en el recreo huele a mermelada que la cocinera unta sobre pan de molde. Cuando el autobús de Cantanhede parte a las 17.45, la plaza queda en silencio de domingo, aunque sea martes.
Caminos que se aprenden con los ojos cerrados
La carretera comarcal 2553 corta la parroquia por la mitad, pero quien quiere ir a la fuente de la Póvoa baja por la vereda donde el sílice de las piedras cruje contra el pedal. A finales de mayo, los claveles silvestres abren entre el trigo y el lino, y hay alcarias secándose sobre las eras como si fueran peces de otro tiempo. El pinar se plantó en los años 70 para frenar las arenas; ahora es donde los críos van a robar piñas para encender el fogón de la vendimia. La viña existe, sí, pero está en los bancales que quedaron tras el incendio de 2005 — unas cepas de uva donde aún se hace tinto para la boca de la tierra, no para botella.
Cuando la campana da las seis, no es solo la iglesia la que responde: es el perro del Sr. Jaime que ladra siempre dos veces, es la puerta del Celestino que cruje porque perdió la bisagra el invierno pasado, es el tractor de Zé Mário que traga en tercera para subir la cuesta de la Cotia. Y luego, de pronto, nada — solo el viento que trae el olor del mar desde Mira, a veinte y pocos kilómetros, pero que aquí huele ya a sal y a brisa, como si la Bairrada respirara hondo antes de dormir.