Artículo completo sobre Alhadas: entre viñedos y el rumor del telar
En la parroquia de Coimbra donde el aire huele a leña y a mar a la vez
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El olor a leña sube despacio por el valle, mezclado con el aroma húmedo de la tierra que el río Moura deposita en sus orillas. Al fondo, el ritmo pausado de un telar manual retumba en la sala del pequeño museo, donde las manos de doña Lurdes —83 años, pero los dedos aún no la traicionan— repiten gestos que aprendió de su abuela. Alhadas se extiende sobre un plateau ondulado entre viñedos, alcornoques y olivares, a medio camino entre la sierra y el océano. Es uno de esos lugares donde el paisaje cambia de textura en cada curva: de pronto, el aire se vuelve salado y sabes que la playa está cerca, aunque no se vea.
La parroquia guarda su edad en documentos del siglo XV, pero la memoria oral remonta más: a los caminos de peregrinación medievales que surcaban estos terrenos elevados. El nombre viene del latín alhadas, “colina”, aunque los mayores dicen que es por las águilas que anidaban en los peñascos. Hoy pasa por aquí el Camino de Santiago de la Costa, que trae caminantes que se paran en el Café Central a tomar un cortado y una porción de bizcocho de aceite antes de afrontar la subida al Cabo. La iglesia parroquial, levantada en el siglo XVIII, mantiene la fachada blanca descascarillada en el centro del pueblo: el campanario se reconstruyó en 1953 tras el terremoto, pero el crucero de la entrada es del tiempo de los reyes.
Romerías y telares
El segundo domingo de mayo, la capilla de Nuestra Señora de la Salud se llena de gente. La romería es de las más antiguas de la región, pero lo que no está en los libros es cómo las mujeres empiezan a preparar los folhados el viernes al atardecer, entre charlas sobre la lluvia y las viñas. Las casetas venden foguetes —folhados rellenos de crema de huevo que aún humean— y besitos de nuez que se deshacen en la boca. El domingo de Pascua, el Compás Pascual recorre las casas de la parroquia desde hace más de dos siglos: el cura, el coro de niños del catecismo y la parada obligatoria en casa del señor António para probar el vino nuevo que guarda expresamente para ese día.
Pero es en el museo del lino donde la historia cobra cuerpo. Allí, entre telares manuales y herramientas de trabajo, se puede ver cómo la fibra se convierte en tela. Doña Lurdes cuenta que “el lino es como un niño pequeño: necesita cariño cada día”. Los sábados, los talleres de tejido abren sus puertas a quien quiera sentir la tensión del hilo entre los dedos. El telar más antiguo perteneció a la familia Gomes: venían de Gândara y se instalaron en Alhadas porque “el agua del Moura es buena para el lino”.
Entre el río y la viña
La ruta del río Moura se despliega a lo largo de ocho kilómetros, uniendo Alhadas con la playa de Buarcos. El recorrido pasa por molinos de agua recuperados —el del Ribeiro aún muele maíz para que la abuela de Cidália haga broa— y puentes medievales de piedra donde los críos se tiran en calzoncillos en verano. En las orillas, los sauces forman una catedral verde que filtra la luz. Casi al final, aparece Gândara: un mar de eucaliptos que cruje al viento y donde el aire se vuelve denso de resina.
El paisaje agrícola forma parte de la Región Demarcada del Bairrada. Las viñas se extienden en filas ordenadas, pero quien conoce sabe que los mejores racimos están en aquel souto orientado al este, donde el sol da por la mañana pero la tierra conserva la humedad de la noche. La Carne Marinhoa DOP, criada en régimen extensivo en los campos de la zona, huele a tomillo y romero. En el restaurante O Lagar, la chanfana se sirve en cazuela de barro negra: es la misma que la dueña usaba en su cocina antes de abrir el negocio. Entre los platos tradicionales destacan el estofado de anguilas del río Moura (solo en abril y mayo, cuando el agua aún está fría) y las migas de espárragos que hace Celeste con pan del día anterior, porque “el pan fresco las migas las deja empapadas”.
La ciencia y la tierra
Desde 2021, una estación meteorológica automática de alta resolución recoge datos climáticos en el campo de la Quinta do Cabeço. Los agricultores consultan el móvil para saber si hay helada: “eso es más fiable que los dolores de espalda de mi José”, dice Amélia. La Asociación de Mejora Rural, fundada en 1923, sigue promoviendo ferias de productos locales. Es en la plaza de la iglesia, el domingo, después de la misa de las once. Se vende queso de cabra aún caliente, embutidos ahumados en chimenea de olivo, miel que cristaliza al final del otoño y aceite que deja la garganta ardiendo: el bueno.
Al atardecer, cuando la luz rasante dibuja sombras largas entre las viñas y el humo de las chimeneas empieza a subir, el sonido de las campanas de la iglesia parroquial se extiende por el valle. Tres campanadas: la primera para los hombres que vuelven de los campos, la segunda para las mujeres que tienden el lino en los tendederos, la tercera para los niños que aún juegan al escondite entre los alcornoques. Es en ese momento —entre el olor a leña, el frío húmedo que sube del río y el último reflejo dorado sobre las hojas de los alcornoques— cuando Alhadas revela su verdadera textura: una capa fina y resistente, tejida despacio, hilo a hilo, como el lino que aún se hace en las manos de quien se niega a dejar morir este lugar.