Artículo completo sobre Alvares, la sierra que huele a hoguera y silencio
Pueblos de pizarra y niego donde el tiempo se mide en leños y campanas
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La subida
La carretera serpentea en estrechos zigzags; las paredes de pizarra rozan el retrovisor. Bajas la ventanilla y entra un aire frío y dulce, como si lo acabaran de sacar del velo de los castañares. No es solo pinar: hay aroma a matorral pisado, a hoja de madroño quemada en las hogueras de octubre y, si llegas al caer de la tarde, al humo de la cáscara de pino que aún arde en las chimeneas.
Las aldeas
Alvares no es una sola aldea. Son varias: Povorais, Pomar, Vila Boa, Alhariz. Cada una aferrada a su ladera, separada por un cerro o por un valle donde el arroyo hace ruido incluso en agosto. Suman 686 vecinos, pero la cifra no explica lo que se siente: al mediodía el silencio es tan denso que se oyen las vacas mover los cencerros en la sierra de enfrente.
La piedra y el invierno
Las casas no están «integradas en el paisaje»; fueron arrancadas de él. Ladrillo de pizarra, sí, pero también granito sacado del mismo lugar donde ahora plantan patatas. Ventanas al sur no por capricho de arquitecto, sino porque quien las abrió sabía que el sol de enero solo toca dos horas la pared. Los tejados son altos, sí, pero mire bien: van cargados de piedra para aguantar la nieve que aún cae en marzo y que, en 2005, dejó Alhariz incomunicado cuatro días.
Fuera del catálogo
El patrimonio catalogado es la iglesia de São Pedro, pero lo que merece la pena está fuera de la guía: el horno de Povorais que aún humea el sábado a media mañana, el muro de piedra seca que baja a Pomar construido solo para que las cabras del vecino no se coman la viña, la era donde doña Madalena aún bate la navela a luz de luna porque «secar al sol pierde color».
Dónde dormir y qué comer
No hay hoteles. Hay tres casas de familia que alquilan habitaciones: en una incluyen el pan, en otra aceptan perros, en la tercera el anfitrión te lleva el café a la puerta a las siete y media porque «la sierra no espera». No hay menús turísticos; si te ofrecen chanfana es porque sacrificaron el cabrito el fin de semana. Si es otoño y llueve, quizá encuentres setas en el prado —no preguntes dónde, nadie lo dice—. Solo contestan que está «más arriba», y arriba siempre es más lejos de lo que parece.
El cierre del día
A las cinco la sombra sube del fondo del valle como agua. El gira al norte y trae olor a tierra caliente que se enfría. En las aldeas se encienden primero los fluorescentes de las cocinas; luego, puntuales, las chimeneas. El humo sube recto, sin mezclarse, porque aquí no hay corrientes que lo empujen. A las ocho el cielo está tan limpio que se ve la Vía Láctea reflejada en la pila de la plaza. La campana de la iglesia da las nueve. Nadie mira el reloj: se sabe que son nueve porque el perro del señor António ladra siempre después de la última campanada.