Artículo completo sobre Cadafaz y Colmeal: bruma y pizarra en la sierra de Góis
Iglesias, aldeas abandonadas y chanfana humeante en la unión de parroquias más montañosa de Coimbra.
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La bruma matinal se deshila despacio entre los pinares de la sierra, dejando entrever los tejados de pizarra de Colmeal. En las laderas, el verde oscuro del matorral se alterna con manchas grises donde el fuego pasó. El silencio es denso, roto solo por el murmullo del arroyo en el valle y, a lo lejos, por la campana de la iglesia que marca las horas para una población dispersa en 7.015 hectáreas de montaña.
La Unión de Parroquias de Cadafaz y Colmeal nació en 2013, al unir dos antiguas parroquias de raíz medieval. Cadafaz conserva en su etimología el eco de la presencia árabe en la región, mientras que Colmeal evoca la paja que cubría las casas tradicionales. Son 320 habitantes —4,5 por kilómetro cuadrado— en una geografía que no perdona: 637 metros de altitud media, valles estrechos, aldeas aferradas a las laderas de la Sierra de Lousã.
Piedra que resiste, piedra que cuenta
La iglesia matriz de Cadafaz se alza del siglo XVIII, arquitectura de nave sencilla como tantas otras de la Beira Interior, pero con la particularidad de servir a una comunidad donde 173 personas superan los 65 años. La capilla de San Sebastián acoge procesiones que reúnen a quien se queda y a quien regresa en las fiestas del patrón. A lo largo de los arroyos, los puentes de piedra antigua cruzan el agua fría que baja de la sierra, y los molinos abandonados guardan la memoria de cuando el moler era vida.
Hay aldeas dentro de la parroquia que el abandono casi borró —Covas do Lobo es una de ellas, casas de pizarra con puertas sin pestillo, ventanas vacías. La escuela primaria de Colmeal cerró cuando dejaron de haber suficientes niños. Hoy son 16 jóvenes entre 0 y 14 años, y 10 viviendas registradas en el censo.
Sabores de barro y ahumados
La chanfana hierve despacio en la cazuela de barro, cabrito o cabrito estofado en vino con especias, plato que se sirve en los restaurantes de Góis cuando la parroquia celebra sus fiestas. El chorizo y la morcilla cuelgan en el ahumado, los quesos de cabra curan en estanterías de madera. En las matanzas del cerdo, que aún se hacen en algunas casas, el frío del invierno de la sierra ayuda a conservar la carne. Las confituras caseras aprovechan el fruto de los árboles que crecen en los huertos.
Senderos entre el verde y el gris
El arroyo de Colmeal dibuja una ruta peatonal que atraviesa la parroquia, pasando por zonas donde la encina resiste en las laderas más húmedas. Los pinares dominan el paisaje, pero las manchas negras de los incendios recientes alteran la mirada —la sierra cicatriza despacio. Jabalíes y zorras se mueven entre los matorrales, aves rapaces planean en las térmicas de la tarde. Los senderos de BTT suben y bajan por caminos de tierra apisonada, cruzando aldeas casi vacías donde la arquitectura tradicional se desmorona al ritmo de las estaciones.
El viento de la tarde trae el olor a resina de los pinos y la humedad del arroyo. En las casas que aún tienen gente, el humo sale por las chimeneas de pizarra —leña de la sierra ardiendo despacio, calentando paredes gruesas donde el frío de la altitud se instala sin pedir permiso.