Artículo completo sobre Serpins: donde el arroyo cuenta la hora
Tranvía al alba, chanfana en barro y arándanos que renacieron de la ceniza
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La campana de la iglesia parroquial da a las cinco y media de la mañana y el eco baja por la hondonada hasta la estación del Metro Mondego, donde el tranvía cubierto de rocío espera a los dos o tres viajeros que se van a Coímbra a trabajar. Es a esa hora, cuando el frío del arroyo de Serpins pega los pies al empedrado y el humo de las chimeneas sube en línea recta, cuando la aldea muestra lo que es: un nido de casas pegado a la ladera, con la cicatriz del fuego aún viva en lo alto.
Entre el templo y el río
El Puente de Piedra tiene trepa en el parapeto y las juntas llenas de limo. Quien lo cruza a pie nota cómo cambia el aire: de este lado es seco, del otro huele a cuadra de ropa. El Sendero del Arroyo es un atajo de tierra apisonada que los críos usan para ir al colegio —pasa por el molino del señor António, donde aún se muele maíz para la broa cuando hay agua. Al atardecer, si se calla uno, los ciervos bajan a beber a las orillas, pero huyen al primer crujido de suelas.
La huella del fuego y la resiliencia de los arándanos
Los incendios de 2017 y 2025 dejaron el monte negro hasta la carretera. Belaberry, que empezó en un terreno de la familia, lo perdió todo dos veces. Raquel y Filipe replantaron con los pies en la ceniza: hoy venden arándanos los sábados en la feria, cuando no hay misa. El sabor recuerda al monte quemado con un fondo de miel. Los alcornoques nuevos crecen entre tocónes negros, con alambres que los sujetan al suelo. Huele a tierra caliente incluso cuando llueve.
Chanfana, broa y el ritual del pan de Dios
En «O Casarão», la chanfana se hace en la cazuela de barro de la abuela: cabrito del señor Joaquim, vino de la cooperativa, nada más. La broa de maíz sale del horno del tío Manel, que aún va a buscar leña a la sierra: negra, densa, con gusto a humo dulce. En la Romería de San Sebastián, el cura bendice los panes en la capilla y los reparte por orden de llegada. Quien se lleva uno a casa guarda la corteza para el año siguiente. En la feria mensual, doña Rosa aún lava el lino en la fuente, pero ya solo son paños de cocina.
La ciclovía del Metro y la vista desde el Trevim
La ciclovía es el antiguo camino de hierro donde los chavales ponían monedas en los raíles. Hoy llega hasta Miranda, pasando por plantaciones de eucalipto que nunca reventaron. La estación de Serpins tiene el reloj parado a las 9:23 desde 2009: el tranvía sale igual a las cinco y media, si hay pasaje. Subir al Trevim es llegar donde el fuego no llegó: se comparte con las vacas y con el viento que trae el olor del pinar. Desde arriba, el Mondego parece una cinta gris entre los castañares.
Al caer la tarde, cuando la campana vuelve a sonar y las luces se encienden una a una, el arroyo se vuelve plateado como el fondo de la cazuela de chanfana. Ese es el brillo que se queda en la retina: no de postal, sino de quien sabe que mañana la misma campana volverá a tocar y el mismo humo subirá, si Dios quiere.