Artículo completo sobre Vila Nova: el silencio que sabe a leña y cabrito
Pueblo sin bares donde 792 almas guardan hornos, muretes y recuerdos
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La madrugada pincha en Vila Nova. A 720 metros, el aire pesa más: denso, limpio. La campana de la iglesia parroquial de San Pedro repica por los 26 km² del lugar. Aquí residen 792 personas.
Casas de granito se esparcen entre caminos de tierra y muretes de piedra suelta. Las huertas, de dos por tres metros, dan coles, nabos y patatas. La densidad es de 30 hab./km²; se traduce en silencio y horizontes despejados.
La arquitectura del envejecimiento
De los 792 vecinos, 254 superan los 65 años. Solo 66 tienen menos de 14. La demografía se lee en el paisaje: 14 viviendas unifamiliares registradas, cero bloques. Viejos portones de hierro que no se abren desde hace lustros. Ventanas pintadas de azul añil en la Rua do Ferrador.
Caminar es medir el territorio con los pies. La Rua da Igreja sube un 12 % de pendiente antes de llegar al crucero de 1743. Al mediodía, la pizarra de los muros se calienta y despide olor a liquen seco.
Vida al borde del vacío
El pan se hornea en el horno comunitario de la Rua do Castanheiro los miércoles. El ganado pasta en la Serra da Lousã a 800 m de altitud. No hay bares ni ultramarinos; el comercio más cercano está en Miranda do Corvo, a 7 km.
La cocina es de casa. Cabrito asado en el horno de leña del señor Joaquim, en la Casa do Peso. Embutidos curan en el ahumado de doña Amélia durante tres meses. Sopas espesas de alubias y col animan las tardes de invierno.
Cuando el sol se oculta tras el Alto de São João, el frío regresa a las 18.30. Humo de leña sale por las chimeneas de las 150 viviendas ocupadas. Se instala el silencio, roto solo por el ladrido de un perro en la Aldeia de Santiago.