Artículo completo sobre Bobadela: piedra viva de la Beira Alta
Entre olivos y ruinas romanas, el pueblo huele a pan tostado y agua fría.
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La tarde incide de lado sobre la piedra y el granito huele a pan recién tostado. Bajo el arco el aire se vuelve más fresco, incluso en agosto: una boca de piedra que respira. Al otro lado, el olivo centenario se alza torcido, como quien despierta de un sueño largo; sus frutos verdes, aún pequeños, gotean una resina pegajosa que se adhiere a los dedos de los niños que juegan al escondite entre los bloques derrumbados. Aquí, en el corazón de la Beira Alta, Bobadela no son solo ruinas; es el olor a tierra quemada después de la poda, el sonido seco de los pasos sobre el empedrado, el sabor acre del olivo cuando se parte una hoja entre las uñas.
La ciudad que fue Splendidissima
La llamaban Splendidissima Civitas y el nombre no exageraba. La inscripción, hoy dentro del Centro de Interpretación, permaneció décadas arrimada a la pared del presbiterio, haciendo de escalón para subir al coro. Júlia Modesta, cuyo epitafio se leyó a medias durante años, era conocida por los mayores como «la piedra de la comadre Amelia», porque fue allí donde Amelia Dias se sentó a amamantar a su hijo mientras aguardaba al marido que volvía de la feria de Oliveira. No fue hasta 1878 cuando alguien advirtió que valía más que un banco de iglesia. Aún hoy, cuando paso por delante, recuerdo el olor a cera derretida y a incienso mezclado con el polvo de la piedra: recuerdo de misas solemnes donde se rezaba por lluvia y por hijos.
El puente romano no es solo un arco de piedra; es el lugar donde los críos aprenden a nadar en verano, saltando desde el parapeto más bajo al agua oscura que huele a musgo. La corriente es fría, incluso en julio, y siempre hay un abuelo con la toalla al hombro que grita que no se vayan al fondo, que hay pozones. La iglesia parroquial, con su portezuela siempre entreabierta, huele a madera vieja y a cera de abeja. Si te acercas, oyes crujir las tablas del suelo cuando el sacristán va a buscar el manto de la Virgen para la procesión: un sonido que me devuelve el crujido de las rodillas de mi abuelo cuando se arrodillaba en el primer banco.
Vinos del Dão y queso de la sierra
En las viñas que se encaraman tras la aldea, la touriga nacional madura tiene la piel tan fina que revienta entre los dientes. Cuando la exprimes en la boca, el jugo te tiñe los labios de púrpura y deja un sabor a fruta negra que se queda en el rincón de los labios todo el día. La chanfana no es para principiantes: la carne de cabra se desprende del hueso, empapada en tinto y cocida toda una noche en el fogón de leña que calienta la cocina. El aroma es tan denso que se te pega a la ropa; días después sigue impregnado en la chaqueta. El queso, cuando está en su punto, se desliza por la cuchara como crema, con un gusto a tierra y a leche tibia que me devuelve las mañanas en que ayudaba a mi tío a ordeñar. El requesón, ligeramente ácido, lo comíamos con pan moreno y miel de la sierra, sentados en la mesa de la cocina mientras la leña crepitaba.
Caminar entre ruinas y arroyos
La senda que sube hasta el anfiteatro es un atajo que solo conocen los de aquí. Se cruza sobre muros donde crecen higos chumbos y se pisa una acequia que aún lleva agua, incluso en agosto. El olor a romero y a esteva es tan fuerte que se siente en la garganta. Al atardecer empiezan los grillos y el aire se vuelve dorado: una luz que me devuelve las tardes en que mi abuela me mandaba a recoger las gallinas mientras ella preparaba la cena. El río de los Caballos, con sus pozas oscuras, es donde se aprende a pescar anguilas a mano: un secreto que se transmite de padres a hijos, como el miedo a pisar los «ojos de vidrio» que se esconden bajo las piedras.
La Quinta do Encontro no es solo vinos; es donde se casan los primos y donde se entierra a los abuelos. La sala de catas da a las viñas que plantó mi tío hace treinta años: dice que el terroir es bueno, pero lo que importa es la charla que surge mientras se bebe. La ruta de cicloturismo que une Bobadela con Lagares es un camino de tierra que levanta polvo que se te pega a los labios. Se pasa por molinos donde aún flota en el aire el olor a castaña tostada, aunque las piedras estén rotas y la puerta derruida.
El peso del granito y la memoria
Setecientos cuatro vecinos, dicen los censos, pero quien vive aquí sabe que somos más: porque los que se fueron a Francia o a Lisboa regresan cada verano y llenan las casas de risas y de olor a gasolina de motos nuevas. Noventa tienen menos de catorce años y juegan a la peonza entre los sillares del anfiteatro; ciento y ocho han pasado los sesenta y cinco y se sientan a la sombra del olivo a discutir de política y a maldecir al gobierno. Las casas cerradas son ventanas pintadas de azul donde aún se adivinan las huellas de las manos que las alzaron: manos que ahora descansan, pero que dejaron en la piedra el olor a cal y a sudor. Y cuando se cruza bajo el arco, con el sol dando en la espalda, se siente el peso de la piedra: no solo la gravedad, sino la memoria de quien aquí vivió, de quien aquí lloró y de quien aquí se casó.