Artículo completo sobre Podentes: queso, piedra y silencio en Penela
El pueblo donde el Rabaçal madura entre muros de cal y hornos de leña
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La luz que entra de lado
La luz entra oblicua por las ventanas de pizarra, recortando sombras largas en las calles estrechas. En Podentes, a 248 metros de altitud sobre las laderas que descienden suavemente hacia el valle del Dueça, el silencio de la mañana se rompe con el ladrido lejano de un perro y el arrastre metálico de una verja que se abre. Cuatrocientas setenta y tres personas habitan estos 17 kilómetros cuadrados de tierra calcárea donde el queso siempre fue algo más que alimento: moneda de cambio, sustento, identidad.
La geografía del queso
El queso Rabaçal DOP nace aquí, en estos pastos donde cabras y ovejas pastan entre afloramientos rocosos y muros de piedra seca. La denominación protegida no es un accidente geográfico: es el resultado de siglos de saber acumulado sobre cómo la leche de esta tierra —calcárea, hierbas bajas, agua fría de los manantiales— adquiere una textura cremosa y un sabor ligeramente ácido que lo distingue. En la quesería de Zeferino, justo al lado de la iglesia, el cuajo aún se compra a la pareja de Oliveira do Hospital que pasa los miércoles. Los moldes cilíndricos descansan sobre estanterías de madera, madurando lentamente, ganando una corteza amarillenta: el mismo proceso desde que la abuela de Zeferino, nacida en 1923, lo aprendió de su hermana mayor.
Piedra y cal
La Capilla de São Brás es el único monumento catalogado, pero quien conoce Podentes sabe que el verdadero patrimonio son las casas de lajear donde aún se hace pan en horno de leña. La piedra caliza de las construcciones antiguas absorbe el calor del sol y lo devuelve por la noche; por eso las casas de mi abuela, junto a la fuente de la Carreira, son frescas incluso en agosto. Siete alojamientos turísticos ocupan ahora algunas de estas viviendas restauradas. El de doña Albertina, por ejemplo, conserva el lavadero del patio donde ella misma golpeaba la ropa de cama los sábados antes de la misa de las diez.
El peso de los años
Ciento cincuenta personas mayores de sesenta y cinco años. Cuarenta y ocho niños. Los números dibujan un retrato que se siente en la práctica: la papelería cerró en 2008, el café de Lopes solo abre a las siete de la mañana y después de las cuatro de la tarde —cuando los trabajadores de la cantera suben por la carretera nacional. Pero hay vida terca. Antonio aún planta maíz en los campos de arriba, el mismo terreno que su padre le dejó en 1973. La densidad de 27 habitantes por kilómetro cuadrado se traduce en espacio: entre la casa donde nací y la de mi tío hay ahora un olivar plantado en 2015 por el nieto del señor Domingos, que regresó de Suiza.
El atardecer tiñe de naranja las cumbres del oeste. En el aire frío de la tarde, el humo de las chimeneas sube recto antes de deshacerse. Un gato cruza la calle sin prisa, desaparece por el callejón que da al camino donde, en 1982, estalló la mina y el señor Alcino tuvo que huir en zapatillas. Queda el olor a tierra húmeda y a monte, el sonido lejano de la televisión de doña Amélia —la única que aún conecta la antena parabólica para ver el telediario—, el crujido de la silla de mimbre que mi padre arrastra hasta la puerta para atrapar la última luz.