Artículo completo sobre Carapinha: el valle donde vive el sabor del Mondego
Pueblo de Tábua donde el queso curado, la manzana Riscadinha y el silencio se hacen eternos
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El olor a leña sube despacio por la ladera. Alguien ha encendido el horno en una de las casas bajas de Carapinha, y el humo se pierde entre los castaños que salpican el paisaje. Al fondo, el valle del Mondego se dibuja en una línea suave, y el silencio solo se rompe por el sonido metálico de una campana —es la de la capilla de Nuestra Señora de la Concepción, levantada en 1892, que marca las horas y las misas dominicales. Aquí, a 239 metros de altitud, el tiempo se mide en gestos que se repiten: la poda de la viña en enero, la cosecha de la manzana Riscadinha en octubre, la leche convertida en queso en los pallozas de pizarra.
El nombre que vino de la madera
Carapinha debe su nombre a los carrapiñeiros, los hombres que trabajaban en el aserradero instalado en el lugar do Ribeiro, activo hasta los años 70. La parroquia tiene 941 hectáreas, pero hoy solo 366 personas viven aquí todo el año —la cifra baja de 200 en invierno, cuando los hijos de los agricultores regresan a las ciudades. No hay senderos señalizados, ni miradores con placas. Está el camino de tierra que sube al Alto da Pedreira, desde donde se ve el Mondego desde el Pego da Rainha hasta Penacova, y los caminos de servicio que abrieron los tractores entre los pomares.
Qué se come y dónde se compra
El cordero que va al horno es el de las ovejas que pastan en los campos de Carapinha —no es de la Serra da Estrela, es de raza Bordaleira de Entre Douro e Minho, la misma que produce la leche para el queso. El queso curado de la Quinta do Fonteiro tiene una curación mínima de 60 días y se vende en la puerta de la fábrica, los lunes y viernes de 9 a 12 h (3,50 €/kg). El requesón es del día, envuelto en papel vegetal, y se acaba antes de las 10 h, cuando doña Idalina agota los 30 tarros que trae. La manzana es la Riscadinha de Tábua, variedad protegida desde 2004 —en temporada, cuesta 1,20 €/kg en el puesto del señor Aníbal, a la salida de la aldea dirección a la EN17.
Los caminos que existen de verdad
El recorrido más hecho es el que baja al Pego da Cidade, 3 km de descenso entre viñedos donde João Lourenço plantó Tinta Roriz en 1998. La capilla de Nuestra Señora de la Concepción tiene misa a las 11 h del domingo y a las 19:30 del 15 de agosto, cuando se celebra la fiesta de la parroquia. Ese día hay verbena en el atrio, con bifanas a 2 € y vino del Dão servido en jarras de barro. El cementerio de al lado guarda lápidas desde 1887 —allí se lee el nombre de José Carapinheiro, el último carpintero de la aldea, fallecido en 1956.
La última luz del día toca las viñas del lugar do Ribeiro, donde aún se ven los cimientos del antiguo aserradero. El olor a pan recién horneado ya ha desaparecido, pero el horno comunitario, reconstruido en 2018, vuelve a calentarse el primer sábado de cada mes para quien quiera llevar la masa. Quien camina por Carapinha se lleva el silencio —y la certeza de que aquí el tiempo no necesitó ser explicado, solo vivido.