Artículo completo sobre Pinheiro de Coja: queso de oveja y silencio
Pinheiro de Coja y Meda de Mouros (Tábua, Coimbra) esconden hornos comunitarios, quesos de leche crua madurados en cuevas y paisajes de bancales de viña do
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El empedrado se estrecha al ascender entre muros de pizarra donde el musgo dibuja mapas en la oscuridad de la piedra. El aire huele a leña quemada y, al fondo, el valle se despliega en una sucesión de bancales donde la viña se aferra a la ladera. Aquí, en la unión de Pinheiro de Coja y Meda de Mouros, el silencio tiene peso: no es el vacío del abandono, sino la densidad de quien ha aprendido a vivir despacio.
Los números cuentan solo una parte: 443 personas empadronadas en 2021, repartidas por 1.972 hectáreas. Una densidad de 22,4 hab/km² que se traduce en casas distantes entre sí, a lo largo de la carretera municipal EM559 que cruza la parroquia de este a oeste. De sus habitantes, 159 tienen más de 65 años; solo 32, menos de 15. La escuela primaria de Pinheiro de Coja cerró en 2017, tras el cierre de la de Meda de Mouros en 2011. Ahora los niños viajan a Tábua o a Coja, a 8 y 12 kilómetros respectivamente.
Queso y cordero sin etiqueta
El queso que aquí se elabora carece de DOP —esa sigla está reservada a los quesos de la Serra da Estrela—, pero en las cuevas de pizarra aún se maduran quesos de leche de oveja Bordaleira, raza autóctona, cuajados con cardo. El proceso es el mismo que enseñaron los abuelos: leche cruda calentada en cazos de cobre, cuajo de cardo silvestre añadido a mano, cuajada partida en granos del tamaño de una nuez. El cordero que se come es el que ha pastado en los campos de Meda de Mouros, donde la hierba crece entre los cantos de cuarzo del macizo cuarcítico.
El pan de maíz sale del horno comunitario de Pinheiro de Coja, reconstruido en 2018 con ayuda del ayuntamiento de Tábua. Funciona los sábados, cuando María do Céu —que heredó el oficio de su padre— amasa en tinas de madera desde las cinco de la madrugada. La manzana que se sirve es de la variedad Beira Alta IGP, aunque los pomares escasean: el grafite atacó con fuerza en los años 90 y muchos árboles fueron arrancados.
Entre valles
La parroquia se asienta en la cuenca hidrográfica del Mondego, a 248 metros de altitud media. El río Alva marca el límite sur, donde el puente de Pinheiro de Coja —reconstruido tras las inundaciones de 1978— conecta con la EN17. Los caminos municipales, como el CM1103 que sube a Póvoa de Alva, aún conservan los mojones de granito del antiguo camino real —uno de ellos lleva grabado “1784”.
De las 213 viviendas existentes, solo cinco están registradas como alojamiento turístico. Son antiguas casas de labranza rehabilitadas: la Casa do Forno, la Quinta do Vale, la Casa da Eira. Todas conservan la traza original —muros de pizarra de ochenta centímetros de grosor, ventanas de madera pintadas de azul, tejados a dos aguas con teja cerámica—. La internet llegó en 2019 gracias a la red MEO, pero aún hay zonas sin cobertura.
A las siete de la mañana, cuando la niebla sube del Alva, abre el café O Cardoso. Sirve café de máquina Delta y tostadas de broa con mantequilla casera. Allí se sabe quién está enfermo, quién necesita ayuda con la recolección de la aceituna, cuándo es el funeral del que ha fallecido. La tienda de ultramarinos cerró en 2020; ahora quien necesita pan o leche va hasta Tábua, quince minutos en coche por la EM559.
Al atardecer, cuando el sol se pone tras el Cabeço do Roxo, la luz dorada dura exactamente diecisiete minutos —los medí en el solsticio de invierno—. El humo de las chimeneas sube en columna recta, dibujando vetas que se deshacen contra el cielo limpio. Queda el olor a roble quemado mezclado con eucalipto, la promesa de una noche donde solo se oye ladrar a los perros de la aldea vecina y, muy lejos, la ruta del camión que sube por la EN17 en dirección a la sierra.