Artículo completo sobre Póvoa de Midões: el valle que huele a vino sin etiqueta
Entre castañares y viñas, un pueblo que se cuenta de memoria y se abraza al silencio de la sierra
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El humo sale torcido de las chimeneas al caer la tarde; el viento de la sierra no deja que las brasas respiren. Póvoa de Midões se aferra al valle como quien se agarra a un pañuelo — a trozos, entre los castañares y las viñas que Antonio sigue podando solo, a sus ochenta y siete años. El aire huele a leña mojada y, en octubre, a aceite nuevo que gotea de la almazara cuando aún está tan caliente que golpea la pared del garaje como un latido.
Aquí sus quinientos habitantes se cuentan de memoria. Alicia, de la tienda, sabe quién está enfermo sin necesidad de llamadas. El bar de José abre a las siete y media, pero él ya lleva una hora limpiando los ceniceros de ayer: los mismos cuatro viejos juegan a la mus, los mismos dos dedos de aguardiente antes de las nueve. En la escuela hay cuarenta y seis niños, sí, pero ahora hay una clase mixta: primero y segundo comparten aula. La maestra viene desde Tábua y lleva siempre un paquete de galletas María en el bolso, para el recreo de Mariana, cuyo padre aún no cobra la ayuda.
Donde la viña topa con la sierra
Póvoa está dentro del Dão, pero el vino que bebes en casa de don Domingo no lleva etiqueta. Lo embotella en garrafas de cinco litros de agua mineral, las que guarda todo el año, y sabe a pizarra —esa tiza que los niños mordisquean en catequesis—. En la bodega, la tinaja de barro está rajada desde 1974, pero él dice que así es como el vino respira. Las variedades son las que plantó su madre: tinta roriz, touriga, una parra de alfrocheiro que da uvas pequeñas y dulces, que los críos se comen antes de la vendimia.
El queso se compra a doña Amelia, que ordeña a las cinco de la mañana con las manos heladas. No siempre hay: depende de que las vacas estén sanas, de que el gato no haya roto el ordeno, de que el hijo haya venido desde Lisboa el fin de semana a ayudar. Cuando hay, se sirve en un plato de loza de la abuela, con el cuchillo de mango negro que nadie lava con detergente. El cordero es de Jorge, que lo asa en el horno del pan, el que aún lleva grabado 1923 en la bóveda. La piel queda crujiente, sí, pero es el olor del romero seco el que hace llorar — crece justo al lado, entre las piedras del muro que mandó hacer el abuelo cuando aún se pagaba en pesetas de cuenta.
El peso del silencio
El monumento es el puente románico, pero nadie lo llama así. Es «el puente viejo», donde los niños se tiran al Mondego en agosto, cuando el agua no pasa de fría. La piedra está lisa en el centro, donde se sientan las chicas a hablar de chicos que no viven aquí. Los muros de piedra seca son más nuevos que las historias: cada uno tiene un rincón donde don Antonio escondía el vino durante la Dictadura, donde el padre de doña Amelia enterró las embutidas cuando llegaron los decretos.
Por la noche, el silencio pesa. No hay farolas en la carretera que va al Poço do Inferno — solo la luna, cuando la hay, y los largos del tractor de José Carlos que vuelve de la vendimia a las diez y media. El perro de don Domingo ladra a las tres, siempre a las tres, como si llevara un despertador dentro. De vez en cuando se oye el motor de la furgoneta de la GNR que pasa despacio, con las ventanillas bajadas, oliendo a gasóleo y a plancha.
Pero es el domingo, cuando las campanas de la iglesia repican a las ocho y media para la misa de niños, cuando el pueblo respira hondo. La gente sale a la puerta con la taza del café, en pijama bajo la chaqueta, y se quedan ahí hablando de la lluvia que no llega, del precio de la leche, de la nieta que no volvió. La niebla sube del río como un animal cansado, y un momento nadie habla: solo se oye el chirriar de la verja del cementerio, que el empuja sin ganas.