Artículo completo sobre Borba: donde el mármol respira y el vino sabe a sierra
Callejones de piedra blanca, canteras vivas y embutidos que curan el invierno
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El mármol nace aquí como si la tierra escupiera piedras blancas. En la Matriz, la caliza no es postal: es el sabor en los dientes cuando el viento levanta el polvo de la sierra. El que baja a la cantera de Fonte da Pipa oye antes que ver: el seco crac de las cuñas, el chillido de la trituradora, el «va pa’lante» de los hombres que aún llaman «bloque» a lo que pesa más que un coche. A las seis, cuando el sol roza el corte nuevo, el blanco duele en los ojos y todo el cuerpo sabe que está en Borba.
La piedra que se hace vida
Dicen que el mármol de aquí viste el Pétala en Macao, pero en la calle de S. Bartolomeo sirve de banco al señor Antonio cuando va a comprar el pan. Los niños lamen el helado sentados en peldaños de Estremoz, pero aquí es en el mármol de la vieja escuela donde aprenden a contar las canicas del juego. Hay 3 387 almas en el padrón, sí, pero el número que importa es otro: 27 —canteras aún activas, contadas ayer por Zé da Tasca, que perdió tres dedos en la sierra y sigue diciendo que «la piedra manda».
Embutidos que huelen a invierno
En noviembre, cuando la noche cae antes de acabar el telediario, el aire se espesa de manteca y romero. Llega la matanza en casa de la abuela Rosa: el cerdo se abre sobre la mesa de mármol de la bodega, la sangre corre por el surco del canto y el perro lame deprisa para no dejar huella. La farinheira aún está caliente cuando el nieto la esconde en el bolsillo: «llévala, pero no se lo cuentes a tu madre». En la tasca de Lopes el chorizo gordo viene en rodajas de tres dedos, la grasa salta en la brasa y el tinto de 2019 —año de sequía— corta la boca como hoja de navaja.
Vino que sabe a pizarra
La viña de la Companhia, pegada a la sierra, tiene raíces que roen mármol. El que prueba el blanco de ribera nota primero el polvo, después la lima, después la sed. Hay 17 alojamientos, sí, pero el sitio está en las cavas de la Cooperativa: barras de acero, olor a ácido, el señor Carlos que abre el grifo y sirve en la botella de plástico de agua del Lidl. «Llévala a casa, pero fría, que si no se estropea».
El peso que se queda
De los 930 mayores de 65, la mitad aún baja al campo de ajedrez del Jardim. Juegan con sombrero, con fichas de mármol que sobraron del suelo de la capilla. Los niños —423, confirmó la maestra Ana— las roban para hacer carreteras. La piedra, esa, no cuenta los años; se los lleva. En el cementerio nuevo, todas las lápidas son de aquí: unas blancas como la leche, otras con vetas de hueso. El sol las golpea al caer la tarde y el reflejo entra por las ventanas de las casas: un claror que recuerda al que ya no está, pero también al que aún viene, porque el mármol, dicen, ha de durar más que la nostalgia.