Artículo completo sobre Rio de Moinhos: el olor de la harina entre alcornoques
El molino del Pego da Moura aún muele trigo mientras la anta del Alto da Caiada vigila la llanura
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El chirrido de la rueda de madera contra la piedra retumba en la penumbra fresca del molino. Dentro del Pego da Moura, el agua de la riachuela hace girar el rodillo con la misma cadencia que mantenía hace tres siglos, cuando la harina de trigo y centeno caía en cascada sobre los sacos de arpillera. El polvo blanco se deposita sobre las vigas de castaño; el olor al cereal molido se mezcla con la humedad de los muros de pizarra. Afuera, la luz alentejana golpea el empedrado irregular y se derrama por las laderas donde alcornoques y encinas salpican la llanura ondulada hasta la sierra de Borba.
Cuando el agua movía la harina
Rio de Moinhos no recibió su nombre por casualidad. Documentos medievales certifican la existencia de múltiples molinos a lo largo de la riachuela que nace en la sierra de Borba y recorre doce kilómetros hasta desembocar en el Degebe, afluente del Guadiana. Entre los siglos XVI y XVIII, cartas reales protegían estos ingenios, asegurando la molienda de cereales para todo el término. El desnivel entre las sierras generaba fuerza suficiente para mantener en marcha piedras que alimentaban poblaciones enteras. Hoy, el molino del Pego da Moura sigue operativo: no es solo para que los turistas lo vean, aún muele trigo cuando la villa lo necesita. El Pego do Álamo, en cambio, está en ruinas, con las piedras cubiertas de musgo y líquenes que atestiguan el abandono progresivo de la molienda tradicional.
Piedras que guardan milenios
En el Alto da Caiada, la anta se alza como centinela de piedra sobre la llanura. La cámara poligonal y el corredor de acceso, excavados en 1985, revelaron cerámica campaniforme y puntas de flecha de sílex que remontan al Calcolítico. A dos kilómetros, el cromlech del Xerez alinea menhires de granito en un círculo que dialoga con los equinoccios. El sendero que une ambos monumentos atraviesa cuatro kilómetros de mata mediterránea, alcornoques dispersos y antiguas canteras de mármol abandonadas, donde los fósiles de equinodermos quedaron impresos en la roca blanca y gris. La combinación geológica de pizarras y mármol crea microterruños únicos que aportan mineralidad a los vinos del Alentejo que maduran en las viñas de ladera.
A la mesa con el Alentejo interior
La cocina de Rio de Moinhos es directa, sin artificios. Migas de espárragos con panceta y cilantro, estofado de cordero con hierbas aromáticas recogidas en el campo, sopa de verdolaga con achicoria que crece espontánea en las huertas. Los embutidos artesanos —chorizo grueso, farinheira, morcilla y paia de lomo— siguieron tradiciones registradas en la IGP Estremoz-Borba, colgados en los ahumados de las casas bajas. La ciruela d’Elvas DOP aparece estofada en el arroz con leche o en compota para acompañar lonchas de queso de Évora curado. El aceite del Norte Alentejano, de variedad galega y cordovil, rezuma sobre el pan recién horneado, sobre las migas, sobre la carne a la brasa. La sericaia, aromatizada con canela y cascara de limón, cierra los comidos con la dulzura comedida que caracteriza la repostería conventual alentejana.
Agua que cura, agua que corre
La Fuente de la Ferrenha, oculta entre encinas centenarias, brota agua ferruginosa que los viajeros del siglo XIX mencionaban en sus crónicas por sus propiedades terapéuticas. La fuente barroca, con canilla de piedra labrada, sigue atrayendo a quienes buscan el sabor metálico y las cualidades medicinales atribuidas al manantial: los mayores del pueblo aún van a llenar botellas. En el souto de la Aldea, encinas de más de cuatrocientos años extienden copas anchas sobre la tierra donde los cerdos alentejanos buscan la bellota. El silencio denso de la tarde solo se quiebra con el canto de la curruca o el vuelo rasante del buitre que se cierne sobre los valles.
Al caer el día, cuando la luz rasante incendia el mármol de las canteras abandonadas y la riachuela murmura entre piedras cubiertas de lodo, el eco de la rueda del molino aún resuena: no solo en los muros de pizarra, sino en la memoria de quien comprende que hay lugares donde el agua sigue dictando el ritmo de las cosas.