Artículo completo sobre Nossa Senhora do Bispo: queso, silencio y cordero alentejano
Pasea entre capillas medievales, quesos DOP y cordero al estilo Montemor
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La luz del final de la tarde se desliza sobre la planicie como quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Dentro de casa, el queso de Évora —ése que mi abuela llamaba “queso de oveja de verdad”, como si existiera otro— descansa sobre la mesa de pino, la corteza color tierra batida contra la pared encalada. Fuera, el silencio es denso: como esa conversación que se produce después de cenar, cuando nadie tiene ya ganas de hablar. Nossa Senhora do Bispo es, en los mapas, doce mil hectáreas; en la práctica, el sitio donde la mirada se pierde sin toparse con un edificio.
La capilla que bautizó el lugar
La iglesia que da nombre a la parroquia está ahí desde que los abuelos de mis abuelos eran jóvenes. Dicen que se alzó en la Edad Media, pero lo que yo sé es que en 1328 ya salía en la postal: fue cuando le dieron papel oficial a lo que todo el mundo daba por hecho, que esta tierra era nuestra aunque perteneciese a todos. La capilla servía de GPS ancestral: quien venía de Montemor veía la torre y sabía que faltaban diez minutos a pie. Hoy, de los 3 612 habitantes, 937 ya tienen edad de decir “en mis tiempos” y solo 469 aún no pueden votad. Haz tú la cuenta.
Lo que se sienta a la mesa
El cordero de Montemor —aquel que lleva en la cartilla un carné de conducir llamado IGP— pasea por los campos comiendo tomillo y esteva como si fuera un spa. El resultado está en el estofado que hace mi tía: carne que se separa del hueso solo con mirarla. El queso de Évora, eso sí, es DOP —como mi prima que vive en Lisboa, pero éste merece la pena—. Después está la miel: no es la de los supermercados, es la que José del Valle produce en tres colmenas heredadas de su padre. Sabe a tierra mojada y a flores que no sé cómo se llaman.
Las migas son lo que se hace con el pan de ayer —porque el pan de hoy es para hoy, obvio—. La açorda es una sopa más terca: se queda en el plato como diciendo “pasa tú primero”. Todo se regada con tinto que el Alentejo elabora sin pedir permiso a nadie.
La planicie que no se acaba
Veintitrés sitios donde dormir —los conté ayer para un amigo que quiere venir—. Son casas que parecen casas, no esos resorts donde el gato no sabe si puede entrar. La llanura es llanura de verdad: se ve a Antonio en su tractor tres kilómetros antes de que él te vea a ti. En verano, los campos son dorados como el vino blanco de García. En invierno, verdes como las espinacas que mi suegro dice que “son buenas para el hígado”.
Al caer el día, el olor a leña —ése que te hace querer ir a casa aunque no sea tu casa— sale de las chimeneas en fila india. En la cocina, el estofado hierve despacio, como todo lo bueno que se hace en esta vida. Y el queso aguarda en la tabla, paciente como quien sabe que será la última gran idea de la noche.