Artículo completo sobre Montoito: la aldea que se sube al bar de piedra
Entre olivos torcidos y vino de cobre, respira el Alentejo auténtico
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La luz de la tarre pega en el pizarro claro de las casas y devuelve un calor seco que se pega a la piel — el mismo que se pegaba al antebrazo de mi abuelo cuando volvía de la era con la camisa empapada en arroz. Montoito no es una postal; es una aldea que sube la colina como quien va al bar: despacio, porque sabe que arriba hay sombra y un banco de piedra.
Dicen que aquí viven mil veintinueve personas. Os digo más: en la cafetería de doña Rosa siempre hay cuatro o cinco que no aparecen en el padrón, pero sí en el compás de la conversación. Los jóvenes suman ciento diecisiete, sí, pero contad con los que se fueron a Évora a estudiar y regresan los fines de semana con la mochila llena de ropa sucia y noticias de la ciudad. Los mayores son trescientos veintiuno — y ellos siguen sabiendo el nombre de cada árbol.
Piedra que cuenta siglos
Tienen ahí un monumento nacional, cierto. Pero la piedra que importa es la del suelo de la iglesia, donde las generaciones fueron desgastando los pies hasta abrir hoyuelos. La humedad del invierno no sale de un manual: es la misma que hace llorar los muros y que las abuelas leen en voz alta: «Hoy llueve, la pared está sudando».
Vino y queso: sabor con denominación
El vino se hace en las bodegas que aún huelen a cobre y a mosto derramado. El Queso de Évora DOP que os sirvan puede ser bueno o puede ser excelente — depende de si el chico que lo elaboró estaba de humor o si su mujer lo había mandado dormir al sofá. Se prueba con pan de telera del día anterior, y entonces redondeza.
Dónde dormir y cómo llegar
Hay doce sitios donde dan cama. No son hoteles con spa, son casas de familia que sobraron o cuyas hijas se marcharon a Lisboa. La carretera es recta: coged la IP2, salid en Redondo, seguid todo recto hasta la rotonda del cerdo ibérico y después subid. Ningún GPS falla, pero sí pueden cruzarse vacas — señal de que vais bien.
Querréis fotografiar el olivo del colegio, el más torcido del Alentejo. Hacedlo, pero no le pidáis que se enderece — está así desde el 53 y no va a cambiar por Instagram.
Al caer el día, cuando el viento empiece a bajar de la Sierra de Ossa, sentaos en el muro de la iglesia. Lo oiréis antes que verlo: es el sonido de la planicie anunciando que se acabó la jornada y que mañana hay más uvas que coger. Montoito no grita; no necesita. Se queda en la memoria como se queda en la piel: sin verse, pero se nota cada vez que el tiempo aprieta.