Artículo completo sobre Albufeira y Olhos de Água: playas que esconden manantiales
Arena rojiza, arcos de piedra y ojos de agua dulce brotando entre mar y sol.
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Lo primero que se oye no es el mar: es la gaviota. Un chillido agudo, casi metálico, que rasga el aire tibio de las nueve de la mañana y rebota en las paredes encaladas del casco viejo. Después llega el rumor de la resaca, sordo y constante, como una respiración lenta que sube por las callejeras empinadas hasta los miradores. La luz matinal en el litoral algarvio tiene una cualidad casi líquida: se derrama sobre la cal blanca y convierte cada fachada en una pantalla de reflejos dorados. Es bajo esa luz como despierta Albufeira, oliendo a café y a salitre, mientras el pescado se descarga ya entre la Marina y la Praia dos Pescadores.
El nombre viene del árabe —Al-Buħayra, «pequeño mar» o «laguna»— y remite a una geografía que ya no existe tal cual, cuyo fantasma persiste. Donde hoy se alza la Marina había una laguna costera, un recodo de agua quieta donde, ya en época romana, los pescadores amarraban las barcas. El agua dulce encontraba la salada y esa mezcla definió el lugar. Todavía lo hace: aquí el mar no solo rodea la tierra, se infiltra, la perfora, la esculpe.
Treinta kilómetros de sal y arenisca
La costa se extiende unos treinta kilómetros y se despliega en más de veinte playas. En la Praia da Falésia la arena corre al pie de paredes de grés que van del ocre al rojo óxido, veteadas de blanco calcáreo. En la Praia de São Rafael la erosión ha tallado arcos naturales en la roca, portales de piedra clara por los que el entra y sale con un son hueco, de tambor. Olhos de Água, la playa que da nombre a la mitad occidental del municipio, tiene manantiales de agua dulce que brotan de la arena cuando baja la marea: hay que fijarse para verlos.
Los paseos en barco por las grutas se venden en la Marina por 20-25 € (duración 2 h 30 min). El sendero PR1, Trilho dos 3 Castelos, une la villa con el litoral en cinco kilómetros y 150 m de desnivel; se hace en dos horas; lleva agua.
Un pueblo que cambió la red por el neón
Don Paio Peres Correia conquistó la villa a los musulmanes en 1249. Durante siglos fue un pueblo de pescadores protegido por el Fuerte de São João, levantado en el XVII para vigilar a los corsarios. La iglesia matriz, reconstruida tras el terremoto de 1755, guarda un retablo barroco de talla dorada. La capilla de Nossa Senhora da Orada mantiene el vínculo con el mar: de ella parte el último domingo de agosto la procesión que recorre la costa desde la Marina hasta la Praia dos Pescadores.
La transformación llegó en los años sesenta y setenta. La antigua aldea pesquera se convirtió en uno de los mayores focos turísticos del Algarve: 28 641 habitantes censados, más de ocho mil alojamientos registrados. Más de una quinta parte de la población es extranjera. En la Marina se oye inglés, alemán y neerlandés mezclado con el portugués de los camareros. La Strip de Montechoro es la calle de bares donde la noche acaba a las seis de la mañana: entrada libre, cerveza a 3 €.
Caldeirada, dom-rodrigos y perfume de almendra
En el mercado municipal el pescado llega húmedo y reluciente sobre hielo: lubinas, doradas, sardinas. La caldeirada de pescado cuesta 12-15 € por persona en los restaurantes del casco histórico. La cataplana de marisco para dos se sirve a 35-40 €. En la repostería, los dom-rodrigos valen 1 € la unidad en la pastelería Ali Super, en la calle 5 de Outubro. Los morgados son briks compactos de almendra: 6 € la caja de seis. Para terminar, un licor de madroño o de almendra, servido en copa pequeña, arde despacio en la garganta: 2 € en cualquier tasca.
Las noches de San Juan, el 23 y 24 de junio, traen hogueras a la playa: únete a los vecinos en la Praia dos Pescadores con una botella de aguardiente y una rama de albahaca. En Semana Santa, la Cortejo da Mãe Soberana llena las calles de flores, velas y un silencio denso: comienza a las 15 h en la plaza Jacinto D’Ayet.
El último ojo de agua
Caminas por la arena de Olhos de Água al atardecer y, de pronto, notas cómo cambia la temperatura bajo los pies descalzos: un hilo de agua dulce y fría que nace de la propia playa y serpentea hasta el mar. Es un detalle mínimo, casi invisible, pero lo resume todo: incluso bajo la arena más pisoteada del Algarve hay un manantial que insiste en brotar, obstinado y fresco, indiferente a la multitud.
Cuando el sol se pone tras los acantilados de grés y el cielo se tiñe de ese naranja espeso que solo el polvo de arenica en suspensión sabe producir, ese pequeño ojo de agua sigue ahí: palpitando, brillando, recordando que antes del turismo, antes de los musulmanes, antes de los romanos, ya existía este diálogo mudo entre la tierra y la sal.