Artículo completo sobre Alcoutim: donde el Guadiana sabe a oveja y romero
Pueblo al que se llega por un camino de campanas rotas y besos cruzados
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La campana de la iglesia de San Marcos se parte en dos cuando toca: la mitad sube al aire, la mitad baja al estómago de la tierra. En Pereiro, aún hay quien dice que suena como un gallo angustiado —quizá porque los gallos de verdad se fueron emigrando con los nietos. Los perales que dieron nombre a la aldea son ahora tres harapientos junto al campo de fútbol, pero a final del verano aún tiran fruta pequeña y agria que los críos comen hasta que les duele la boca.
La fortaleza que mira a la otra orilla
Desde el castillo de Alcoutim, el Guadiana parece una cinta de cristal rota: verde por abajo, blanca por arriba cuando el viento sopla de levante. Las piedras del almenaje siguen calientes hasta el anochecer; allí se sientan los viejos, con pipas de girasol en el bolsillo que van cascando entre dientes postizos. Cuentan que en la otra orilla, en Sanlúcar, hay una mujer que lanza besos los domingos. Nadie sabe su nombre, pero todo el mundo le devuelve el gesto.
Piedra, agua y tiempo acumulado
En el Montinho das Laranjeiras, los ladrillos romanos son tan ligeros que un crío los levanta con una mano. Los naranjos desaparecieron hace siglos, pero el nombre se quedó —como se quedan los nombres de la gente que ya no está. En la Fuente Zambujo, el museo huele a cera de suelo y a ropa doblada. Hay una cuchara de madera rota que aún guarda el diente de mi abuela —decía que era de nogal y curaba la acidez.
La feria que aún junta tres tierras
La Feria de San Marcos empieza a las cinco de la mañana, cuando los primeros camiones atascan la carretera nacional. El olor a estiércol se mezcla con el humo de las cafeteras de gasolina que los españoles traen en garrafas. Hay una mujer de Almodóvar que vende queso de oveja con hierbas —se prueba antes de comprar, ella corta un triángulo con la misma navaja de siempre y te mira a los ojos mientras masticas. Si mientes diciendo que está bueno, te acaba persiguiendo hasta el coche.
Sabores de la sierra y del río
El jabalí solo sabe a jabalí si ha andado por los alcornocales de Monchique. Aquí, lo que se caza en el monte acaba en la cazuela de hierro de la tía Albertina —lo deja reposar dos días en vino tinto y piel de naranja amarga. El pan de la tabla se hace con agua de la cisterna y fermenta junto a la salamandra; cuando está listo, cruje en la boca como la nieve. Los dulces son una mentira: el pastel de miel parece que va a durar para siempre, pero en casa de mi abuela nunca pasó de tres días.
Caminos entre el río y la sierra
La senda del Vascão empieza donde la pista termina en tierra batida. Hay una higuera que marca la media hora de camino —si llegas antes de las ocho de la mañana, aún puedes oír a las garzas levantar el vuelo. El río se esconde bajo los carrizales; en verano es solo un hilo de agua que los perros beben con miedo. Pero cuando llueve en España, sube tan deprisa que mi padre ya vio llevarse un jabalí por la corriente, gritando como un bebé.
Al atardecer, el Guadiana se vuelve color óxido. Desde el mirador del castillo se ven las luces de Sanlúcar encenderse una a una: primero la del bar, luego la de la casa del médico, al final la del cementerio, que está más arriba. La frontera aquí es algo que no se ve: es el sabor del pan recién hecho que quema la lengua, es el olor a estiércol que sube de los campos al caer la tarde, es el silencio que sigue a la campana de las nueve —un silencio tan grande que se oye al propio corazón golpeando contra la espalda.