Artículo completo sobre Altura: el Algarve que huele a mar y a algarroba
Entre marisma y alcornoque, Altura guarda el secreto mejor guardado del barrocal algarvio
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La luz de la mañana rebota en el yeso blanco de las fachadas y se derrama por la calzada, aún fresca de la noche. Altura se alza a 38 metros sobre la llanura costera, suspendida entre el barrocal y el Atlántico, en una posición que le valió su nombre y le regala una doble geografía: por un lado, la dehesa de alcornoques y olivares que se extiende en ondas suaves; por otro, la línea azul del mar, visible en los días de cielo despejado —y aquí son muchos—. Es una parroquia de transición, donde el interior algarvio respira con la brisa marina y la sal llega mezclada al olor de la tierra seca.
Entre la dehesa y la marisma
El paisaje se organiza como la carta de un bar donde el dueño decide qué se come: primero las calles, donde el sonido más frecuente es el arrastre lento de las conversaciones en los portales; luego los huertos de cítricos —naranjas y limones con IGP, sí, pero sobre todo con ese perfume que te devuelve a la infancia de alguien—; y, más allá, los caminos rurales que bajan por la dehesa hasta las orillas de la Reserva Natural de la Marisma. Lleven prismáticos. Los flamencos no pagan entrada, pero tampoco firman autógrafos.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción está en el centro, con una fachada del siglo XVI que fue más blanca de lo que es hoy. Dentro, la luz entra tamizada y se posa sobre los azulejos como quien cuelga la chaqueta en una silla conocida. A pocos kilómetros, en el lugar de Azinhal, la ermita de San Sebastián es tan pequeña que hasta el silencio parece agacharse para entrar. Lleven una moneda: la puerta cierra mal y al viento le gusta hacer rabieta.
Memoria agrícola y rastros de viento
Los molinos de viento esparcidos por el paisaje son hoy solo estructuras circulares de piedra, pero sirven para explicar a los críos qué es un «Instagram» de 1850: gira, hace ruido y muele la vida de los demás. Los pajares y corrales que aún resisten son como los tíos que aparecen en Navidades: desencajados, llenos de historias y con tejados que recuerdan el pelo de mi abuelo —raro, pero aguanta la tormenta—.
La ocupación humana viene de lejos: romanos, árabes, y después la Orden de Cristo en Castro Marim, a cinco minutos en coche o tres acordes de guitarra portuguesa. El castillo se ve desde aquí, en los días claros, como quien vigila la frontera y la factura del gas.
Sal, pescado y cítricos
En la mesa no hay novedades: cataplana cuando el mar está generoso, caldeirada cuando el pescador se acuerda de ti, y sardinas asadas que solo necesitan pan de compañía. El pulpo es de los que no le teme a la olla: se queda dentro hasta estar tierno como promesa electoral. En los postres, los dom rodrigos son la respuesta algarvia a la pregunta «¿hace falta más azúcar?» —sí, siempre—. Los vinos regionales son como el primo que se fue a estudiar a Lisboa: volvió más fino, pero aún entiende de cadena.
Entre la playa y la marisma
La playa de Altura está a cinco kilómetros, justo lo bastante para que la tos del motor caliente y la brisa enfríe. Arena extensa, olas que no te van a quitar las gafas y aves que pasan más que el cartero. Lleven agua: el chiringuito solo abre cuando el dueño se despierta con ganas —o cuando viene la suegra de visita—.
Altura no se anuncia. Vive en una discreción que es casi recato, como quien guarda la mejor mesa del bar para el amigo que aún no ha llegado. Pero cuando el viento trae el olor del mar mezclado al perfume de los cítricos en flor, y la luz de la tarde dibuja sombras largas sobre la cal de las casas, entiendes que hay lugares que no necesitan alzar la voz para quedarse en la memoria —solo dejan la puerta abierta.