Artículo completo sobre Odeleite: el pueblo donde el agua guarda silencio
Entre el embalse jade y la sierra seca, 576 vecinos resisten el olvido
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El verde jade del río Odeleite devuelve el cielo de la tarde cuando la barca de pesca se acerca a la rampa de cemento y deja un estela de gasóleo que se disuelve en segundos. Al fondo, la sierra del Caldeirón dibuja una sierra conocida: la misma que veía desde el asiento del copiloto de la pick-up de mi abuelo con siete años. Aquí, a 92 metros de altitud y con 576 vecinos que se saben el nombre de memoria, el silencio pesa; hasta el viento parece guardar respeto. Es el contraste entre el agua embalsada y la pizarra seca de las laderas lo que define Odeleite, donde el nombre árabe Wādī al-Layṭ cobra sentido al ver cabras pastando entre naranjos que mi tío Zé riega a mano cada amanecer, a las seis en punto.
Del bronce al pantano
Los restos arqueológicos de La Foz —fragmentos de cerámica romana que guardaba en cajas de zapatos— hablan de una ocupación remota. Pero fue en el siglo XIII cuando la aldea cristiana tomó forma: en 1282, Dionis de Portugal donó tierras a la Orden de Santiago y la iglesia matriz se alzó en el XVI donde hoy el padre Artur sigue musitando misas los domingos para una veintena de fieles. Dentro, el retablo barroco dorado se restauró en 1998 con el dinero de las rifas de la fiesta; yo vendí números puerta a puerta. En la plaza, el cruceiro de piedra hace de banco para los mayores que juegan a la mus bajo la sombra, discutiendo si el dron que sobrevuela la aldea dibuja realmente una cabeza de anciano (es charla para pasar el rato; aquí nadie tiene dron).
La presa, construida entre 1984 y 1995, anegó los campos de lechuga de mi padre. Lo que antes era pesca de vara para comer se volvió turismo: forasteros en kayak que pagan 30 euros la hora para remar sobre nuestra desgracia. El embalse abastece todo el Sotavento —la reina Sofía visitó en 1996 y nos cerraron las carreteras seis horas—, pero quien vive aquí valora más la luz rasante que incendia el agua cuando la red vuelve a estar vacía.
Memorias de río y de anguila
La cocina se ajusta a lo que da la tierra. El cocido de anguilas de mi madre lleva menta del huerto y pan duro de ayer; se sirve los viernes, cuando hay anguilas (y cuando no, toca pez espada). Entre enero y abril aparece la lamprea a la bordalesa, pero solo si a Zé Manel le sonríe la suerte en los nasos. Las migas de espárragos silvestres con panceta son lo que queda cuando la nómina no llega a fin de mes. El dulce de calabaza de mi abuela llevaba canela de Madeira que mi tío traía en el camión; hoy la nieta lo manda por Correos. El aguardiente de madroño baja quemando, igual que quemó en la garganta de mi padre cuando le comunicaron que la fábrica de conservas cerraba.
Senderos entre la sierra y la marisma
La ruta PR1 —Fonte da Pipa empieza justo donde Manel vende gasolina en garrafas. Cinco kilómetros que recorrí descalza de joven, hoy llenos de señalética que los alemanes fotografan. El GR13 Algarviana cruza la parroquia; lo marcan cintas amarillas que mis nietos coleccionan. Al sur, la marisma acoge flamencos que me recuerdan a las niñas de color de rosa que dibujaba en la arena. Desde el Alto de la Virgen de la Salud, el Guadiana parece una cinta perdida: allá abajo, España come donde nosotros plantábamos almendros.
El primer domingo de agosto, la Romería de Nuestra Señora de la Asunción recorre el mismo camino que hice de rodillas cuando mi hija cayó enferma. En julio, la Fiesta del Pescador reparte anguilas ahumadas que mi hijo pequeño rechaza; prefiere hamburguesas del Intermarché. Diciembre trae el belén viviente donde los nietos de hoy hacen de ángeles con alas de alambre que mi marido guarda aún en el desván.
Cuando vuelve la última barca y el motor se calla, queda el murmullo de la presa: un sonido que me acompaña desde los diecisiete años, cuando perdí la virginidad detrás del club de cazadores. Es el mismo rumor que escuchó mi madre y que mis nietas oirán cuando ya no esté para contarles cómo era, antes del agua, cuando aquí se bebía leche de verdad.