Artículo completo sobre Santa Bárbara de Nexe: tejados blancos y acordeón
Pasea senderos de alfareros, huele romero y mira Faro desde la blanca caliza
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El acordeón se adelanta a la aldea. Asciende desde el valle, se mezcla con el gorjeo de los mirlos en los alcornoques y anuncia que aquí, en el barrocal algarvio, a 271 metros de altitud, el paisaje no se mide solo en kilómetros sino en ritmos: los de las charolas que el día de Reyes aún recorren las calles, los de los pasos en los caminos centenarios que unen pomares de cítricos con ruinas de antiguas alfarerías. Santa Bárbara de Nexe se asienta sobre caliza blanca, ese hueso de la tierra que los hornos de teja convertían en tejado y que hoy aflora en los bordillos de los senderos, pulido por los pies de generaciones.
El barrocal que se camina
La red de caminos rurales que atraviesa los 38 kilómetros cuadrados de la parroquia no nació para turistas. Nació de la necesidad: acceso a molinos, a tierras de cultivo, a fuentes de agua. «Nexe» viene del árabe naxara, «pequeña fuente» o «valle», y tiene sentido: aquí el agua siempre dictó la geografía humana. Hoy esos mismos senderos, recuperados y señalizados, ofrecen 27 recorridos distintos. Hay rutas para familias que serpentean entre olivares y encinas, y está el trazado radical de 16 kilómetros, catalogado como «muy difícil», que pone a prueba las rodillas y recompensa con panorámicas simultáneas sobre Faro, la Ría Formosa y el mar. El olor a romero y esteva acompaña al que sube; el denso silencio del barrocal, salpicado solo por el crujido de lagartos en las piedras secas, al que baja.
Piedra y fe en lo alto
La iglesia matriz se alza en el centro de la aldea desde 1554, fecha del primer registro parroquial conservado, aunque la construcción actual resulta de sucesivas reconstrucciones tras el terremoto de 1755. El grosor de los muros —1,20 m en la base— revela la estructura medieval que sobrevivió a los siglos. En el atrio, el cruceiro de 1642 aún marca las procesiones que bajan por la Rua da Igreja el domingo de Ramos. Más discreta, en la localidad de Gorjões, la ermita de Santa Catarina data de 1518, año de las visitaciones pastorales de D. Diogo de Sousa: las hierbas en la cubierta ocultan la bóveda de aristas que resistió todos los inviernos. Ambas catalogadas Bien de Interés Público, no impresionan por la grandeza sino por la persistencia: siguen marcando el ritmo litúrgico de una comunidad donde el 30,5 % de los 4.379 habitantes tiene más de 65 años (Censo 2021). Las campanas de la matriz, fundidas en 1834 con el bronce confiscado al convento de São Francisco de Faro, aún doblan a las 12 h y a las 19 h; el eco recorre el valle y llega a los pomares de cítricos que producen las mandarinas ‘Dancy’ y las naranjas ‘Newhall’ dentro de la Denominación de Origen Protegida Citrinos do Algarve.
Cantares que no callan
El día de Reyes, los grupos tradicionales de Bordeira, Estoi y Santa Bárbara de Nexe se encuentran para el Encuentro de Charolas (cánticos de portadores de estrella). Recorren las localidades con cantos alusivos al Año Nuevo, voces que se entretejen en desafío, a la manera antigua. La Sociedade Recreativa Bordeirense, fundada en 1923, guarda en su archivo 47 letras manuscritas que se cantan desde al menos 1870 —la más antigua habla de la «hambruna del 36». El Rancho Folclórico local, creado en 1978, ensaya los lunes en el salón parroquial, preserva esos cantares, pero también las danzas del ‘pau verde’ y los ‘corridinhos’ del barrocal —el acordeón sigue siendo el instrumento rey. Desde 2025, el Festival de Caminatas «Pelos Trilhos da Memória» amplió el calendario: no se trata solo de caminar, sino de participar en talleres sobre el arte de la piedra tradicional con el maestro cantero José Rosa (73 años, tercera generación), charlas sobre cultura popular, actividades de bienestar que mezclan cuerpo y memoria colectiva.
Arcilla y altitud
Las ruinas de las antiguas alfarerías se esparcen discretas por la parroquia: en el Cerro do Lobo restan cuatro hornos de media esfera, construidos en 1902 por la firma José dos Santos & Filhos, que empleaba a 60 operarios y producía 1,5 millones de tejas al año. La arcilla calcárea blanca, extraída a 5 m de profundidad, se amasaba con pies descalzos —aún se ven las huellas fosilizadas en el suelo del antiguo lagar. Los hornos, hoy cubiertos de helechos, aún exhalan un olor indefinible: tierra cocida, ceniza fría, humedad que nunca se seca del todo. A 271 metros de altitud, Santa Bárbara de Nexe funciona como mirador natural: desde la Capilla de Nuestra Señora da Saúde, erguida en 1608 para una promesa de fin de peste, se avista la costa, la mancha verde-azulada de la Ría Formosa (cuyo Parque Natural integra el área de influencia ecológica de la parroquia hasta la línea de agua de Ludo), y al fondo, la sierra que cierra el horizonte. El viento sopla constante, trae la sal del mar incluso cuando el mar no se ve.
Venga quien venga por los senderos radicales, por las charolas o solo por la altitud que ofrece perspectiva, todos se llevan lo mismo: el eco del acordeón que insiste en subir desde el valle, incluso cuando ya se ha bajado a la planicie.