Artículo completo sobre Alte: pozos secretos entre olivos del Algarve
Riera viva, azulejos del XIX y fiestas que huelen a chorizo
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El agua sigue corriendo cuando el Algarve se seca. Aquí, en el pliegue norte de la sierra del Caldeirão, la riera de Alte permanece fiel todo el año — un lujo en una tierra donde los cauces suelen rendirse al estío. El murmullo constante de los manantiales atraviesa la aldea, estalla en pequeñas cascadas y se detiene en pozos con nombre propio: Poço dos Tesos, Poço das Fitas. En verano, cuando la planicie litoral hierve, estas aguas cristalinas se vuelven refugio: niños saltan desde las orillas, la risa se mezcla con el chapoteo.
Al-ta, la alta
El nombre viene del árabe y la geografía lo confirma: 227 metros de altitud, pegada al relieve que separa el Barrocal del interior montañoso. Tras la Reconquista, Don Dinis otorgó carta de villa en 1282, consolidando el poblamiento cristiano en una tierra que ya guardaba memoria andalusí en los regadíos y en el trazado de las callejas. Siglos después, en 1938, António Ferro —responsable de la propaganda salazarista— le concedió el título de «aldea más portuguesa de Portugal». La etiqueta caló, aunque hoy suene a ejercicio nostálgico. Pero lo cierto es que Alte conserva lo esencial: casas algarvias con cornisas de sillería, un molino de agua restaurado junto a la riera y una relación íntima con el paisaje que la rodea.
Tallas doradas y azulejos del XIX
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción se alza en el centro, reformada en el siglo XVIII, con un retablo barroco que brilla a la luz de las velas. A un paso, la ermita de Nuestra Señora de la Salud vigila la fuente —la misma que el poeta Cândido Guerreiro, natural de la aldea, inmortalizó en verso. Los azulejos decimonónicos que revisten el estanque cuentan historias de romerías y promesas. El primer domingo de septiembre, la procesión en honor a la Virgen recorre las calles, seguida de un festival donde el acordeón marca el compás. En agosto, la Festa da Pinha llena el aire de música tradicional y olor a chorizo asado; junio enciende hogueras por San Antonio y llena los platos de sardinas.
Guiso, medronho y “masa podre”
La cocina de Alte sabe a monte y a trabajo de campo. El guiso de cordero cuece a fuego lento, aliñado con hierbas aromáticas recogidas en los cerros. El cocido de garbanzos con cabeza de cerdo —plato contundente de domingo— calienta los días más frescos. La açorda de mariscos recuerda la cercanía del litoral, aunque esté a leguas de la costa. Entre los dulces destacan los bolinhos de Alte: pequeñas bolas de masa frita espolvoreadas con canela, crujientes por fuera y blandas por dentro. El aguardiente de medronho, destilado en la zona, quema la garganta y calienta el pecho. En las mesas no faltan higos secos, aceite de olivos centenarios y miel que las abejas fabrican entre alcornoques y madroños.
Senda, corcho y mimbre
La ruta peatonal “Trilho das Fontes” discurre durante dos kilómetros, enlazando nacientes, pozos y pequeñas caídas de agua. La vegetación mediterránea se cierra en tramos —encinas, matorral denso, madroños con fruto rojo en otoño. El Centro de Interpretación de la Riera de Alte explica el ecosistema acuático, raro en esta geografía. En los talleres de artesanía, manos expertas trabajan el corcho y trenzan mimbre en cestas que aún sirven para la recolección de la aceituna. Los mercadillos mensuales exhiben miel, medronho embotellado y objetos de corcho. En los restaurantes, el guiso de cordero llega humeante a la mesa, acompañado de pan casero. Las casas de labranza rehabilitadas ofrecen alojamiento rural, con balcones orientados a los valles donde la tarde tarda en oscurecer.
La aldea se vacía cuando el sol se pone, pero la riera sigue —insistente, indiferente a los 1.746 vecinos que resisten la despoblación del interior. El sonido del agua sobre las piedras no cesa. Ese murmullo constante es la certeza de que, incluso en el Algarve, hay lugares donde la sequía nunca ganó.