Artículo completo sobre Boliqueime: sal atlántica en las paredes
El pueblo más alto de Loulé, donde el tren de 1889 aún silba entre molinos y campanas de bronce
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El silbato del tren rasga la tarde al entrar en la estación, el mismo agudo since 1889, cuando la vía llegó a Boliqueime trayendo carbón y comercio que alteraron el Barrocal. El pueblo se alza a 144 metros —el punto más alto del municipio de Loulé— y, en las tardes sin bruma, el Atlántico se ve como una cuchilla azul entre las melladuras del calizo. El viento sube desde la Praia da Falésia, cruza la N-125 y, al mezclarse con el aire seco de las colinas, deja en las paredes encaladas la sal que cristaliza en flores blancas.
Piedra y pan
La iglesia parroquial de São Faustino data de 1542, pero lo visible es la reconstrucción de 1755-1761 tras el terremoto. El retablo mayor es de talla dorada de 1710, traído desde Faro en carro de bueyes después de encargarse al maestro António Gaudêncio. En el altar epístola guarda una imagen de Nuestra Señora del Ó de 1620 que procesionó para apaciguar la sequía de 1929. Fuera, la torre campanar alberga dos campanas: la mayor, de 1837, fundida con bronce de granadas de la Guerra Civil; la pequeña, de 1942, donada por los emigrantes en Francia. Cuando repican a las 19.30, los niños que juegan a la petanca en el atrio saben que es hora de volver a casa.
De los seis molinos de viento que funcionaban en 1930 quedan tres. El del Cerro da Cabeça, reconstruido en 1998, muele harina de algarroba durante la feria de septiembre; los otros dos, en el Vale do Boto, perdieron las velas en 1954 cuando la molienda eléctrica llegó al pueblo. Aún se ve la muesca de madera donde se clavaba la vara de olivo para orientar las aspas al viento de norte.
La Fuente de Boliqueime, mandada construir en 1783 por el provedor de la Santa Casa, tiene cuatro caños porque era punto de paso del camino real que unía Loulé con el mar. En la plazoleta, el 15 de agosto de 1974, se leyó en voz alta el acuerdo que extinguió el foro y entregó las casas a los colonos. Hoy el agua sigue a 14 °C todo el año y allí los conductores de las obras llenan sus botellas antes de bajar a la costa.
Sabor de tierra y mar
En el restaurante “O Botequim”, María Cecilia sirve estofado de cordero con pan de dos días: receta aprendida de su madre, que ya cocinaba para los trabajadores del molino de algarroba en los años sesenta. Los espárragos trigueros que crecen en los bordes de la carretera comarcal 520 se cosechan entre febrero y abril; se les añade panceta de cerdo ibérico y migas de pan de maíz, el único que resiste el caldo sin deshacerse.
La açorda de marisco lleva coquinas de la Ría Formosa, compradas al mariscador José Manuel a las seis en el muelle de Olhão. El cilantro es de la huerta, el pan es alentejano porque el de Boliqueime tiene miga demasiado fina. La receta llegó con las mujeres de Quarteira que, en los años cincuenta, venían a la recolección de algarroba y traían en la cabeza la cesta con el desayuno.
El queso de cabra curado en hoja de higuera es del quesero António Manel, que pastorea entre Paderne y Boliqueime. Se vende los miércoles en el mercado de Loulé, pero quien madruga en la pastelería “O Forno” encuentra bolinhos de dátil con miel de Rosalgar: colmenas instaladas en el barrocal, donde la flor de algarroba da a la miel un sabor a cacao tostado.
Caminos entre dos mundos
La Ruta de los Molinos (PR1 SLV) mide 4,2 km y dura hora y media. Empieza en la plaza del Quiosco, sube por la senda que usaban los trabajadores para llevar sacos de algarroba al molino y pasa bajo un túnel de alcornoques donde aún se lee “1974” pintado con cal en la corteza. En el km 2, el pozo de la Mina guarda agua incluso en agosto; allí paran los senderistas de Faro para llenar los cantimploras antes de encarar la sierra.
En la cresta del Cerro do Bando, a 180 metros, se divisa la línea de costa desde Quarteira hasta Armação de Pêra. La densidad de población es de 103 hab/km², pero se duplica en verano con los descendientes que regresan desde las ciudades. La estación recibe 12 trenes diarios: el primero sale hacia Lagos a las 6.42, el último vuelve de Faro a las 22.38. Quien baja encuentra taxi solo si llama al Sr. Aníbal —el mismo que en 1987 transportaba viajeros en un Mercedes 240D amarillo, hoy sustituido por una Dacia blanca.
En el atrio, mientras las sillas de anea se llenan para la “hora de la conversación” (entre las 19.30 y el chisporroteo de los televisores con el Telediario), se oye el silbato del tren de las 20.05. Es el último antes del silencio que instala la noche, cuando solo el reloj de la iglesia marca las horas y el viento trae el olor a algas que anuncia pleamar abajo.