Artículo completo sobre Salir: aroma a corcho y licor entre cerros del Algarve
Pasea su castillo sin gala, prueba madroño y queso de hoja antes de perder la sierra
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El aroma a licor de madroño fermentado no es un aroma cualquiera: es el alcohol que te pica las fosas nasales al pasar frente al alambique del señor Aníbal, justo después del cruce hacia Alportel. La corteza de corcho, en cambio, huele de verdad —seca, cálida, parecida a pan de molde quemado— y solo se percibe en los días de descortezado, cuando los tractores descargan los sacos a la entrada de la fábrica.
Salir se alza en la cima del cerro como quien se sube a una silla de bar para ver mejor. No es un “mirador natural”: es un sitio desde el que se mira hacia abajo y se comprende que el Algarve no acaba en la N-125.
La fortaleza que no es fortaleza
Los muros del llamado castillo no son más que un muro alto, medio derruido, donde los niños escalan para hacerse selfies. La torre tiene peldaños tan desgastados que resbalan con zapato de suela fina; arriba, el viento se lleva los sombreros y despliega la sierra en capas —primero el cerro de Fornalha, luego la antena de Penina, y allá lejos el mar al que nadie va a diario.
La iglesia parroquial abre a las siete para la misa del domingo. El oro del retablo es oro de verdad, pero tan empañado que solo brilla cuando el sacristán enciende las lámparas halógenas. Huele a cera y a ropa guardada; en los bancos de madera, las rodillas dejan marca del tiempo.
Lo que da la tierra
El madroño madura en octubre. Quien no tiene tierra lo compra a los tratantes que aparcan la furgoneta junto al café “O Pão Quente” —cuarenta euros el saco de veinte kilos, precio a discutir bajo la mirada de Esmeralda, la perra que vive en la puerta. El corcho es otro negocio: el ciclo dura nueve años, pero nadie cuenta por calendario; se cuenta por elecciones municipales —“fue el año en que ganó João”.
En la ultramarinos de doña Alda aún se vende chorizo de vino en ristra, atado con hilo de cáñamo. El queso de cabra viene envuelto en hoja de higuera y no dura tres días —después se seca y sirve para rallar sobre la sopa.
Cuando se camina
La Ruta de los Molinos empieza justo detrás de la escuela primaria (ahora cerrada, con las ventanas pintadas de azul). Se baja por un canal de pizarra resbaladizo; en los olmos crecen cestas de hongos que las abuelas llaman “orejas de juda”. Al cabo de tres kilómetros aparece el molino del Carrasco, sin tejado pero con la rueda aún sujeta al eje. Dentro, en las paredes, hay nombres carcomidos por navaja —“José + Emília 1987”.
En agosto, la noche se hce de luna de luna y perros que ladran a los postes. La banda de música ensaya “A Minha Aldeia” en la plaza, con la tuba medio compás atrás. Cuando acaba, se va todo el mundo a beber al “Café Regional”, donde el aguardiente se sirve en vasos de plástico y el control de asistencia es el cenicero lleno.
A las diez y media, la campana da tres golpes y ya no se oye nada más. Solo el zumbido de los fluorescentes y, allá lejos, el rugido del camión de corcho que sube la carretera con la caja abierta, desgarrando la noche.