Artículo completo sobre Marmelete: aguardiente y niebla en la serranía
Pueblo del Algarve donde el madroño destila verano y la sierra retiene el olor a esteva
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El olor que anuncia el pueblo
El aroma a madroño sube por los valles antes de que aparezca la primera casa. No es escena de postal: en las laderas al norte de Marmelete, los alambiques de cobre aún funcionan con leña de quejigo y el olor dulzón se te mete en la ropa que tiendes en el tendedero. La EN266 serpiente entre alcornoques cicatrizados por la extracción; después del kilómetro 34, la eucaliptosa abre paso y, de golpe, aparece el lugar: casas bajas, muchas con la puerta pintada de azul-ala-de-golondrina, agarradas al declive como si temieran el vértigo del macizo verde.
Geografía del olvido
Marmelete se asienta a 233 metros, pero el relieve obliga a medir en cuestas, no en altitud. Son 87 km hasta Faro y 52 hasta la playa más cercana, pero el mar no es más que un rumor que rara vez llega. De los 698 habitantes que registran los censos, 204 ya no duermen aquí — se fueron a Portimão a la construcción o a Lisboa a vigilar oficinas. Quedan los que tienen las rodillas aprendidas en la sierra: 278 mayores de 65 años y 60 criaturas que cogen el bus escolar a las siete y media, aun haya escarcha. El colegio cerró hace tres años; la antigua aula es ahora centro de día.
Aun así, el monte y los bancales no aceptan el abandono. Los naranjos de Casca, Vale de Lama y Cortelha se irguen entre pizarras y dan unos frutos tan ácidos que parecen querer competir con el limonero. Las abejas de la sierra — raza negra, agresiva — hacen una miel oscura que cristaliza en un mes y huele a esteva tostada. Y está el madroño, claro: entre octubre y enero llena los alambiques de Chabouco, da Tapa y do Barão; el aguardiente claro que sale de la serpentina arde como si guardara todo el verano dentro de cada fruto.
Lo que se come cuando no viene nadie
No hay restaurante. Hay la Mercearía-María-que-es-quien-sabe: tres mesas de formica, la tele en SIC Noticias y el comedor del sábado — sopón de col con alubias mantecas, chuleta de cerdo ibérico a la brasa de alcornoque, bollo de tajo si sobra tiempo. La chorizo cura tres semanas colgado de la chimenea; lleva colorau de Espinhaço, pimentón de la tierra y tres dientes de ajo por kilo. Quien quiera queso lleva una botella vacía para que el Sr. Aníbal la llene de leche de cabra cuajada; se cambia por litro de aceite o por un billete de veinte, nunca por promesa.
En el mercado mensal — tercer lunes —, la plaza se llena a medias con lonas. Viene el Zé Manel de las acacias, Rosa de la miel, Nando que sólo trae media docena de botellas porque el resto lo guarda para pagar la renta del terreno. Se cierra el círculo antes de las once. Después, el café Central vuelve al silencio del galão sin espuma y de la tostadora que cruje como traca de pólvora.
Los caminos que el mapa no enseña
Durante el embargo y después de la guerra, las veredas que bajan a Aljezur y suben a Odemira servían para llevar azúcar, café y contrabando de vacuno. Los hombres partían al caer la noche, guiados por el canto de las lechuzas; las mujeres encendían la lumbre a deshora como señal de “todo limpio”. Los burros ya no están, pero las huellas de sus pezuñas siguen grabadas en la arcilla; quien camina entre rocas aún encuentra la piedra lisa donde se sentaban a esperar que pasara la GNR.
Hoy esas mismas veredas son la única forma de que la sierra respire sin turistas de zapatillas. El PR4 lleva a la Cascada de Piscos, pero es el desvío tras el molino — sin señales — el que asciende al Planalto da Tapa y permite ver el Atlántico en un día sin niebla. Se lleva mochila con bizcocho de cebada y dos botellas: una de agua, otra vacía para traer aguardiente casero si hay suerte.
Al atardecer, el viento cambia de dirección y trae el olor del primer aviso. Abajo, el Sr. Joaquim va ya en la tercera pasada del “palo” en el alambique; la leña cruje, el cobre canta, el madroño regresa. El perro del vecino ladra al vacío, el eco baja el valle como quien pregunta si alguien sigue despierto. En la cocina iluminada por un tubo fluorescente, alguien corta aceite y pan de maíz para recibir al que llega. La sierra no termina; se queda quieta, como quien guarda el aliento para el día siguiente.