Artículo completo sobre Mexilhoeira Grande: Algarve rural entre naranjos
A 12 km de la playa, esta aldea vive del aroma de los cítricos y el ritmo lento del campo
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El sol de la mañana tibia las paredes encaladas y dibuja sombras geométricas sobre el empedrado irregular. Mexilhoeira Grande despierta al ritmo de los motores diesel de los tractores que parten hacia los pomares, al ladrido lejano de un perro, al chirrido de una persiana metálica que se alza en alguna de las tiendas de la calle principal. No hay prisa. La aldea se extiende sobre una llanura suave a cincuenta y seis metros de altitud, lejos del frenesí turístico de la costa pero lo bastante cerca como para notar su peso económico: doce kilómetros hasta Praia da Rocha, quince hasta Alvor.
Esta es una parroquia que vive de la tierra y del trabajo diario. Con 93,45 km² y una densidad que deja respirar —46,1 hab/km² según el Censo 2021—, Mexilhoeira Grande se organiza en torno a una lógica agrícola que resiste a pesar de los cambios. Naranjos y limoneros se alinean en rectángulos perfectos; las copas verde oscuro salpicadas de amarillo o naranja según la estación. Los Citrinos do Algarve, protegidos por su IGP desde 1996, no son aquí solo un producto certificado: son el olor ácido y fresco que flota en el aire húmedo de las mañanas de invierno, la textura rugosa de la piel cuando se coge a mano en el Monte de São Domingos, el zumo que resbala entre los dedos.
Entre la tradición y la transformación
El único monumento nacional de la parroquia se alza como testimonio de un pasado aún sin descifrar. La iglesia de Nossa Senhora da Assunção, mandada construir en 1532 por D. Paulo da Gama —hermano del descubridor—, conserva un portal manuelino que resistió el terremoto de 1755 y las reformas posteriores. Su presencia discreta contrasta con el ajetreo moderno de los comercios que atienden tanto a vecinos como a viajeros de paso. Mexilhoeira Grande funciona como entreposto desde que, en 1926, la Nacional 125 unió Lagos con Vila Real de Santo António: quien se adentra en el Algarve o regresa a la costa atraviesa sus calles, para en el Café Central, reposta en la gasolinera Galp que abrió en 1987. La parroquia absorbió esa condición de lugar de paso y la convirtió en ventaja: los 487 alojamientos turísticos registrados en el ayuntamiento (datos de 2023) confirman que hay quien prefiere dormir aquí antes que pagar los precios inflados de la primera línea de playa.
La pirámide demográfica revela una población envejecida: 1.216 habitantes mayores de 65 años frente a solo 596 niños y adolescentes (Censo 2021). En las terrazas de los bares son los jubilados quienes ocupan las mesas al caer la tarde, comentan el Portimonense o la política mientras beben una caña bien fría —a 0,80 € en la Tasquinha do Manel, 0,90 € en el Central—. Los niños, en cambio, se concentran en el colegio de educación infantil y primaria (124 alumnos en 2023/24) o sus padres los llevan en coche a actividades en Portimão. Es una realidad que se nota en el silencio de las calles durante el horario escolar, en el ritmo pausado de las conversaciones, en la memoria viva de un tiempo en que la feria semanal —los miércoles, desde 1924— atraía gente de Alvor, Odiáxere y Monchique.
Viñedos y cítricos: el sabor de la comarca
La parroquia forma parte de la región vinícola del Algarve (denominación VQPRD desde 1990), aunque aquí la vid no domina el paisaje como los cítricos. Aún así, quien mantiene pequeñas parcelas —como João Rosa que, desde 1978, elabora “vino de talha” en dos hectáreas de la Herdade do Pegrinho siguiendo el método romano que le enseñó su abuelo—. La gastronomía no se impone al visitante con restaurantes turísticos de fachada reluciente, pero se encuentra en las tascas discretas donde la carta cambia según lo fresco que haya en el mercado de Portimón los lunes y viernes. La carne de cerdo a la algarvia en O Ti Júlio (abierto desde 1983), los tapas de pulpo seco en la Tasquinha, el pan caliente que sale del horno de la Padaria Moderna a las siete de la mañana: todo ello compone una experiencia que privilegia lo cotidiano sobre el espectáculo.
Caminar por Mexilhoeira Grande es recorrer una geografía funcional, sin grandes sobresaltos topográficos ni miradores que corten la respiración. La llanura invita a desplazarse en bicicleta —muchos siguen la Ecovía del Algarve que pasa por aquí desde 2006— o a pasear entre campos cultivados donde el verde de los pomares contrasta con la tierra roja expuesta en los surcos. El horizonte se abre amplio, sin montañas que lo cierren, y permite que la mirada se pierda en la sucesión de parcelas agrícolas, muros de piedra en seco del siglo XIX, eucaliptos solitarios que marcan los linderos desde la época de las fábricas de corcho.
Al caer el día, cuando el sol baja y la luz dorada baña las fachadas, la aldea recupera algo de movimiento. La gente regresa de la factoría de Auto-Europa —donde trabajan 300 mexilhoeirenses cada día—, los cafés se llenan un instante, se oye el tintineo de tazas y cucharillas contra el cristal. No hay grandes eventos ni animación nocturna: solo el ritmo constante de quien vive aquí porque nació aquí o porque eligió la tranquilidad de esta llanura cultivada. Y cuando la noche cae del todo, lo que queda es el perfume de los naranjales, dulce y persistente, pegado a la piel.