Artículo completo sobre Alcantarilha: pueblo donde la brisa huele a mar ausente
Entre Silves y la playa, un lugar de muros derruidos, miel de contrabando y maletas de verano
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La caliza chamuscada devuelve la luz al cielo como si el suelo ardiera bajo los pies. Alcantarilha no «se alza»: se extiende por la llanura, a un palmo de altitud, con la malicia de quien se echó junto al mar y olvidó cerrar la ventana. La brisa no «sopla»; le entra por la garganta, se lleva el polvo de la pista y el olor a algas que no están aquí, pero llegan en la ropa de quien trabaja en Armação de Pêra. Son dos mil cuatrocientos noventa y ocho, pero se cuenta gente de cuerpo entero: se cuentan las muelas que faltan a doña Lourdes, el hijo de Pepe en Suecia, el nieto que aún no ha nacido.
Territorio de transición
Pertenece a Silves, pero el GPS se equivoca a veces y dice que estamos en Lagoa. El campo se mide en tiempos de andadura: veinte minutos hasta la fuente de la Nora, media hora hasta el campo de fútbol donde el césped es arena apisonada. Los algarrobos crecen donde el tractor ya no pasa; dan fruto que nadie recoge, salvo los perros y los críos de vacaciones que los padres dejan con los abuelos. Los muros de piedra se desmoronan, piedra a piedra, año tras año, como si la tierra decidiera devolver lo que le fue robado.
Hay noventa y una licencias de alojamiento local, pero son cifras del ayuntamiento. En la práctica, son apartamentos que pertenecen a gente de fuera y que permanecen a oscuras entre octubre y abril. El resto del año se oyen las ruedas de las maletas en los bordillos y el olor del protector solar entra por la ventanilla de la panadería.
La marca de la abeja
La miel no es de aquí, pero José Baptista la vende en el mercado del sábado en Pêra. La trae de Marmelete, en una furgoneta sin freno de mano, y dice que es de brezo, pero quien entiende sabe que es de flor de naranjo cortada con madroño. El cliente no capta y lleva dos botes de recuerdo. La comarca vitícola queda lejos: hay unas viñas abandonadas detrás del cementerio, donde los racimos sirven para hacer aguardiente de mala muerte que el viejo Manuel guarda para los funerales.
Luz y silencio
El monumento es la iglesia parroquial. Nadie dice «Bien de Interés Cultural»; se dice «la iglesia de los huesos». Dentro del osario, las calaveras se amontonan desde que la fosa cayó en la peste del 32. Los niños meten los dedos en los ojos vacíos, los padres los tiran de la mano, nadie explica nada. La campana da las horas y media, pero a veces falla porque la cuerda está gastada y el sacristán está borracho. El silencio es este: el intervalo entre las campanadas, el crujido de la puerta de hierro que cierra a las siete, el perro del atrio ladrando a su propia sombra.
Al caer el día, la caliza aún lanza calor hacia arriba, hace temblar el aire sobre el tejado. El olor a pan quemado viene de la casa de doña Odete, que sigue amasando sobre la mesa de formica. Los críos ya no juegan a las escondidas; están dentro viendo TikTok. La noche huele a higo en almíbar y a gasóleo del generador del café, que falla siempre que el viento de San Martín sopla fuerte. Alcantarilha no es lugar de nada: es donde la carretera hace una curva, donde el tiempo se enrosca en el olor a poso de café y donde el mar, allá lejos, sigue golpeando sin que nadie le pida cuentas.