Artículo completo sobre Pêra: arroz humeante y leyendas vivas
En Silves, el empadão de Pêra y la Virgen que movió los ojos te atrapan
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El humo que huele a infancia
El humo del horno de leña sube recto en la ventada de enero y trae el aroma del chorizo que se desmenuja, el azafrán que tiñe los dedos y el pollo que se deshace en fibras tan tiernas que se desmoronan en la boca antes de masticar. Es noche de empadão en Pêra —esa en la que nadie se queda en casa. Después de la misa de difuntos, la iglesia vierte gentío a la calle y todos se dirigen al patio del colegio donde las mujeres, con delantal limpio, sirven la cazuela de hierro con una cuchara de madera que ha removido más arroz que los años que yo tengo. No hay ninguna pera encima —eso era antes, dicen los mayores, cuando se llevaba la cazuela al horno comunitario y se señalaba con una fruta para evitar confusiones. Ahora se marca con el nombre escrito en un trozo de cartón sujeto con una goma. Pero el nombre se quedó: empadão de Pêra. Y no, no tiene nada de pan. Es arroz, es pollo, es el sabor del humo que se te pega a la ropa y te huele a infancia de regreso.
La tierra que no da peras —pero da otras cosas
Dicen que el nombre viene del latín, de las Inquisiciones de 1258, pero lo que yo sé es que por aquí perales ya no quedan. Sobran alcornoques con la corteza toda rajada, encinas que hacen bellotas para los cerdos e higueras que dan dos turnos: uno en junio, otro en agosto. La iglesia matriz, esa sí, sigue en pie desde que el terremoto la derribó y la volvieron a levantar con el retablo dorado que los hombres transportaron a hombros, escalera arriba, durante tres días. Dentro, hay una Virgen que movió los ojos —cuentan las viejas— cuando el cura iba a mitad del sermón sobre el fin del mundo. En el atrio, la Capilla de la Salud es tan pequeña que cabe la mitad del pueblo y, aun así, los señoritos se empujan para quedar junto a la imagen, donde se dice que el aire es más santo.
A seis kilómetros, la Virgen de la Rocha yace en un peñasco que parece que va a caer pero nunca cayó. La ermita es blanca por fuera y oscura por dentro, con olor a cera vieja y salitre que entra por la rendija de la puerta. La playa de abajo se alcanza por unas escaleras tan pulidas que resbalan —y quien baja tiene que subir, no hay más remedio. Cuentan que había un túnel que daba a una cueva donde los moros escondían el oro. Hoy está tapiado con una chapa de hierro, pero los críos aún intentan espiar por entre los barrotes, a ver si encuentran el tesoro. En agosto, la romería reúne gente por mar y tierra. Los barcos van despacio, adornados con papel de seda y la bandera al alto, mientras los hombres cantan una canción que nadie sabe de dónde viene pero que todo el mundo conoce.
El barrocal que no es sierra ni mar
Pêra es un sitio que no decide si quiere ser tierra o quiere ser mar. Está a medio camino: al sur, la Ría Formosa; al norte, la sierra que se ve al fondo, azulada como si fuera otro mar. La Ribeira de Alcantarilha solo corre en invierno —en verano es un lecho de piedras pulidas que parecen huevos de dinosaurio. La Ruta de las Fuentes empieza junto al campo de fútbol donde el césped es más arena que césped y sube entre muros de piedra en seco que guardan palomares y nidos de abejas. Hay un lugar donde el agua brota de la tierra tan fría que los críos meten allí las latas de Coca-Cola para que se enfríen. El paisaje es de alcornoque rajado, de encina retorcida y de orquídeas que solo florecen si llueve en marzo —y solo si es un lunes, bromea el Zé do Carmo, que va allí cada día con el perro que se llama Figo.
Lo que se come —y lo que se bebe
El empadão es solo a principios de año. El resto del tiempo se come xerém de berbigão que los hombres van a buscar a la laguna por la mañana temprano, antes de que cambie la marea. La cataplana lleva coquinas, almejas y un puñado de cilantro que se compra al Sr. António, que lo cultiva en un bancal junto a la carretera. La miel viene de la sierra, traída en latas de cinco litros que la mujer del Tonecas vende en el mercado del sábado —es oscura, espesa, y tiene sabor a romero y eucalipto. El medronho es casero: cada uno tiene su alambique escondido, pero el mejor es el del tío Belarmino, que destila con cáscara de naranja y hace un licor que arde pero luego deja un dulzor en la boca que dura todo el día.
Cuándo se baila y cuándo se llora
En Navidad, la iglesia se llena tanto que se acaba en la puerta. El Belén Monumental ocupa todo el lado izquierdo, con figuritas de barro pintadas a mano —hay un rey mago que parece el presidente de la junta parroquial y una vaca que es la cara de la vaca de la vecina, la Branca. En Semana Santa, el «Compasso» pasa por todas las calles, parando frente a las puertas donde las mujeres han puesto mantillas de encaje y velas encendidas. Los conjuntos folclóricos bailan el corridinho en el quiosco de la plaza, con las faldas girando y los chicos de camisa bordada que sudan de lo lindo. Cuando acaba, se va todo el mundo a tomar un café a la Zézinha, que lo sirve con un higo relleno de chocolate que ella hace de madrugada, antes de abrir la puerta.
Cuando se apaga la última farolilla en la Virgen de la Rocha y el mar suena abajo como un perro que gruñe lejos, Pêra se queda pequeña, acurrucada en el barrocal como quien se arropa con la manta. No tiene peras, no tiene prisa, no tiene mar en la puerta. Tiene el olor del horno que aún arde, la voz de la vecina que llama al gato, y el silencio que solo rompe el autobús escolar que pasa a las siete de la mañana y tira piedras al cristal.