Artículo completo sobre São Bartolomeu de Messines: barro rojo y versos
El pueblo donde la tierra tiñe zapatos y João de Deus enseñó a leer
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El suelo avisa antes que nada. Apenas pises los caminos que rodean la villa, la arenisca de Silves se impone bajo las suelas: un barro rojo intenso, casi óxido, que mancha las botas y se pega a la piel como un sello. Al amanecer, cuando el sol rasante alarga las sombras de los cerros, ese color late y se expande como si la tierra respirara. Sobre esa tierra antigua, habitada desde el Paleolítico Superior —con hallazgos en Gregórios, Cumeada o Vale Fuzeiros— se extiende una de las parroquias más grandes de Portugal: casi 240 km² de barrocal y sierra donde apenas viven algo más de ocho mil personas dispersas en un paisaje vasto y silencioso.
El poeta que enseñó a leer a Portugal
En 1830 nació aquí João de Deus, el hombre que revolucionó la alfabetización portuguesa con su Cartilha Maternal. Su casa natal es hoy el Museo Casa-Museu João de Deus: un recorrido por libros, manuscritos y el eco de una época en que enseñar a leer era casi un acto subversivo. Las estancias son modestas, las paredes encaladas, y en esa sobriedad se adivina al pedagogo que prefirió la enseñanza a la retórica hueca. En la calle, su nombre resuena en placas y memorias orales; un itinerario peatonal de 2,4 km parte de la ermita de Nuestra Señora de la Salud y atraviesa el paisaje que moldeó la infancia del poeta. Es un trazado corto pero denso, donde el aroma a esteva y romero se mezcla con el murmullo de la brisa que baja de los cerros.
Entre el castillo que fue y la iglesia que quedó
La historia de Messines no empieza con los cristianos. La primera referencia aparece en el siglo XI, en el Libro del Almojarifazgo de Silves, y durante la ocupación islámica existió un castillo —documentado como “Mussiene” en 1189— del que hoy no queda ni un muro visible. La parroquia se creó entre 1530 y 1540, y lo que perdura de su pasado religioso es un conjunto de templos desperdigados: la iglesia matriz, las capillas de Santa Ana, San Pedro, Nuestra Señora de la Salud y San Sebastián. La iglesia matriz, con fachada sobria e interior fresco incluso en pleno julio, es el punto de gravedad del casco urbano: allí convergen los pasos de sus habitantes. El ayuntamiento posee un inmueble catalogado de Interés Público y hay, también, una pieza inesperada: la sede de la junta parroquial, diseñada por José Veloso en 1982 y presentada en la Primera Exposición Nacional de Arquitectura. Un edificio de líneas contemporáneas plantado en el corazón del barrocal algarveño.
El Remexido y la sombra de las guerras liberales
Otro nombre planea sobre Messines, más tormentoso: José Joaquim de Sousa Reis, conocido como O Remexido, guerrillero que operó en la zona durante las guerras liberales del siglo XIX. La sierra que se alza al norte —con la Rocha de Messines a 349 m y el Pico Alto a 276— ofrecía refugio natural a quien conocía sus vericuetos. Hoy esas montañas son surcadas por las cuencas hidrográficas del Arade y el Ribeiro Meirinho; los embalses de Arade y Funcho convirtieron los valles en espejos de agua donde hacer picnic o practicar piragüismo. El paisaje oscila entre la aspereza norteña y la suavidad ondulada del barrocal sur, transición que se nota en la piel: el aire se seca, la vegetación se achata, el horizonte se abre.
Almendra, higo y el dulce que resiste
La mesa de Messines habla algarveño con acento serrano. Los dulces tradicionales son su orgullo discreto: los folhados de Messines, el doce fino, el morgado algarvio y las estrellas de higo y almendra —éstas últimas hechas con la paciencia de quien pela frutos secos a mano y los amasa con azúcar y canela hasta lograr una pasta densa y perfumada. En los cafés de la villa se acompañan de un café cargado o de un copa de medronho que arde despacio en la garganta. La región produce también licores y miel, incluida la DOP Mel da Serra de Monchique, cargada de flora silvestre. Las viñas se integran en la región vinícola del Algarve, aunque sin denominación propia.
El lince y el futuro lento
Algo distingue a Messines de casi todas las parroquias lusas: el Centro Nacional de Reproducción del Lince Ibérico, instalado en su territorio, trabaja por la recuperación de una de las especies más amenazadas de la península. Es una labor silenciosa, lejos de focos, que encuentra en la vastedad del barrocal el espacio y la calma necesarios. La parroquia cambia: los cítricos sustituyen cultivos tradicionales, el turismo rural gana terreno con sus 120 alojamientos entre apartamentos, casas y habitaciones, y la estación de tren de Messines-Alte, en servicio desde el siglo XIX, sigue conectando el interior con la costa. En febrero, el Carnaval copa las calles con desfiles de carros alegóricos organizados por el Grupo Amigos de Messines: desfiles diurnos, nocturnos y el tradicional Entierro del Entroido, momento en que la villa se transforma en escenario abierto.
Al caer la tarde, cuando la luz roza la Rocha de Messines y el grés rojo se torna color de vino viejo, los gorriones se posan en los aleros de la iglesia matriz y el aire huele a esteva mezclada con el dulce lejano de higo y almendra. Ese aroma —tierra caliente, monte bajo y azúcar— se pega a la ropa y a la memoria de quien pasa por aquí.