Artículo completo sobre Tavira: entre el río Séqua y el Gilão
Santa María y Santiago cruzan sus calles blancas y sus 17 iglesias con historia
Ocultar artículo Leer artículo completo
La luz matinal baja por los tejados a cuatro aguas y se multiplica en la superficie del río, devolviendo al casco un reflejo trémulo, casi líquido. A este lado del puente el agua se llama Séqua. Al otro, ya es Gilão: el mismo cauce, dos nombres, como si la ciudad necesitara una frontera invisible para explicarse a sí misma. Los pies golpean el empedrado gastado de la ribera y el eco rebota entre paredes encaladas que huelen a cal fresca y humedad antigua. Tavira despierta despacio, con el portazo metálico de las persianas y el primer café humeando en los escaparates.
Diecisiete iglesias y una mezquita que ya no existe
La llaman «la ciudad de las iglesias» y la cifra —más de diecisiete templos entre parroquias, ermitas y conventos— no es retórica: es piedra. Basta alzar la vista en cualquier calle del casco para toparse con una fachada barroca, un portal manuelino o una torre campanario recortando el azul intenso del cielo algarveño. La iglesia matriz de Santa María del Castillo se alza sobre los cimientos de una antigua mezquita, y hay algo de vértigo en esa superposición: la nave por donde hoy entra la luz filtrada por vidrieras fue, siglos atrás, un espacio de oración orientado hacia La Meca. El Islam dejó el trazado; el Cristianismo alzó los muros. La historia aquí no se lee en libros: se lee en capas de argamasa.
La presencia árabe está inscrita en el propio nombre: «Tabira», como la llamaban antes de que D. Paio Peres Correia, Maestre de la Orden de Santiago, la conquistara en 1242. Pero antes de los musulmanes llegaron los romanos, y antes de éstos los griegos y los túrdulos, todos atraídos por el río y la cercanía del mar. Las ruinas de la antigua ciudad romana de Balsa, esparcidas por el paisaje circundante, son testigo de esa estratificación profunda. Cuando D. Manuel I elevó Tavira a ciudad en 1520 reconocía lo que ya era evidente: un puerto comercial de primera línea, punto de partida de las expediciones marítimas de los Descubrimientos.
El puente que divide y une
La llamada Puente Romana —en realidad medieval, a pesar del nombre— es el eje gravitacional de la ciudad. Siete arcos de piedra sobre el agua quieta del río, enlazando las dos orillas y, con ellas, las dos antiguas parroquias que desde 2013 forman una sola: Santa María y Santiago. Santiago, la más joven, nació en 1270, cuando D. Alfonso III donó su patronazgo al obispo de Silves. Santa María es de 1242, contemporánea de la Reconquista. Hoy los algo más de quince mil cuatrocientos habitantes de esta unión de parroquias comparten el mismo río, el mismo mercado municipal, los mismos paseos al atardecer junto al agua.
Cruzar el puente al caer la tarde es presenciar un cambio de paleta cromática en tiempo real. La piedra de los arcos, horas enteras al sol, irradia un calor seco que se siente en la palma al tocar el parapeto. El río se vuelve cobrizo. Las siluetas de las iglesias se recortan contra el poniente. Y el silencio se instala: no un silencio hueco, sino denso, puntuado por el chapoteo discreto de una garza que levanta el vuelo.
Sal, flamencos y islas de arena
Río abajo, donde el Gilão se disuelve en las riañas, empieza el territorio del Parque Natural de la Ría Formosa. El paisaje cambia de escala: el casco compacto da paso a salinas espejeantes, marismas de vegetación rasteira, dunas bajas e islas-barreira que protegen la costa como un cordón de arena viva. La Isla de Tavira, accesible en barco, ofrece kilómetros de playa donde la arena es fina y el viento trae olor a yodo y salazón concentrada.
En las salinas el agua evapora lentamente bajo el sol algarveño y deja cristales blancos que destellan como escarcha fuera de temporada. Ahí se alimentan los flamencos —manchas rosadas contra el gris plateado del fango— y docenas de otras especies encuentran refugio. La avifauna de la Ría Formosa es una de las más ricas del sur de Europa y observarla solo exige paciencia y unos prismáticos.
Hacia el interior, a 198 metros de altitud media, la parroquia se extiende por casi ciento cincuenta kilómetros cuadrados de tierra donde crecen naranjos y limonares en regadío, y algarrobos, higueras y almendros en secano. En primavera las almendras en flor cubren las laderas de blanco y rosa pálido: una nieve vegetal que dura semanas y perfuma el aire con una dulzura sutil, casi imperceptible.
Caminar como quien lee una ciudad
El mejor modo de conocer Tavira es a pie, sin mapa. Subir al castillo y dejar que el mirador revele la geometría de la ciudad vista desde arriba: los tejados de teja árabe, las cúpulas de las iglesias, el río serpenteando entre las orillas, la Ría Formosa perdiéndose en el horizonte. Bajar después por las calles estrechas del casco, donde las fachadas barrocas alternan con puertas de madera pintadas de azul y verde oscuro. Parar en el mercado municipal, oler la fruta madura y el pescado fresco, escuchar el pregón de los vendedores. Y volver al río, siempre al río, porque en Tavira todo converge hacia el agua.
La comarca vinícola del Algarve, donde se enclava esta parroquia, añade otra capa a la experiencia: la posibilidad de catar vinos de una latitud que muchos asocian solo al sol y a la playa, pero que produce variedades con carácter. El blanco hecho con uva siria madura aquí a escasos metros del mar y lleva consigo la sal que el viento arrastra desde las salinas.
Cuando cae la noche el puente medieval se ilumina y el río duplica la ciudad en su reflejo. El aire enfría y trae el olor de las salinas: mineral, limpio, ligeramente amargo. Ese es el sabor que Tavira deja: no la dulzora fácil de una postal, sino el trago persistente de la sal que se queda en la piel tras una jornada entera caminando entre piedra, agua y luz.