Artículo completo sobre Monte Gordo: sol de 3.100 horas y playa recta
Arena dorada, choco frito y coquinas al amanecer en el Algarve más luminoso
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La arena aún conserva la frescura de la noche cuando los primeros pasos surcan la playa de Monte Gordo. La luz llega pronto, horizontal, amarilla, y se extiende a lo largo de un kilómetro y medio de línea recta orientada al sur —una geometría inusual en el litoral portugués. Al fondo, la costa española se disuelve en la bruma cálida. El mar entra manso, sin aspavientos, y se retira dejando una espuma fina entre los dedos de los pies. Aquí el sol no elige horas: permanece todo el día, de las 3.100 horas anuales que convierten este rincón en uno de los más luminosos de Europa continental.
En 1967, cuando el Plan de Fomento del Turismo del Algarve decretó la «modernización» de la costa, Monte Gordo se convirtió en laboratorio. Se abrieron carreteras, se alzaron bloques de hormigón armado de siete plantas, se dragaron 500.000 m³ de arena para ensanchar artificialmente la playa. El monte cubierto de madroños y jarales, que dio nombre al antiguo pueblo de pescadores, desapareció bajo amplios paseos, arriates geométricos y farolas. La parroquia nació oficialmente el 31 de diciembre de 1985, segregada de Vila Real de Santo António, ya con la identidad de resort asumida. No hay nostalgia por lo que fue: Monte Gordo es lo que siempre quiso ser —playa, sol, acceso fácil.
Sal, coquina y bajamar
El mercado municipal abre a las 7:00. Las coquinas llegan frescas de la marisma, aún húmedas, con un grano de arena entre las valvas. Se venden a 6 €/kg: se comen al natural, con limón, o se llevan a casa envueltas en papel de estraza. En la avenida marginal, el choco frito del «Boémia» se sirve con arroz de tomate cargado de aceite y pimentón (12 €); la navaja se gratinaba a la vista en la plancha del «O Pescador» (18 €/ración); el pulpo a la gallega del «Atlántico» chorrea sobre patata a la brasa (16 €). La caldeirada de la «Tasca do Bairro» reúne lo que la marea trajo esa mañana —lubina, dorada, chopitos— y cuece despacio con cebolla, tomate y cilantro (20 €/persona, mínimo dos). Para acompañar, vino de mesa algarvio de la Cooperativa de Lagoa (3 €/botella) o aguardiente de orujo servido en vaso ancho (1,50 €). El postre es dulce de yemas de la «Pastelería Monte Gordo», que resbala frío en la cuchara (2 €).
Entre dunas y marismas
La frontera entre playa e interior es estrecha. Basta cruzar la EN125 para adentrarse en el Parque Natural de la Ría Formosa y en la Reserva Natural de la Marisma de Castro Marim, donde el sapillo pintojo ibérico y el caballo de Sorraia encuentran refugio entre caños y salinas abandonadas. La Rota de las Coquinas traza 6 km junto a las dunas hasta la playa de Santo António, sendero que alterna arena apisonada, pasarelas de madera y tramos anegados en pleamar. Las aves acuáticas se concentran en el muelle de la Carrasqueira: cigüeñuelas, avocetas, garzas reales que clavan el pico en el fango. El Centro de Interpretación de la Naturaleza de Castro Marim alquila kayaks a 15 €/2 h para remar río arriba por el Guadiana, entre orillas de caña y tamarisco, hasta perder de vista los edificios del paseo.
Verano bajo neón
La noche en Monte Gordo tiene luz propia. El paseo marítimo se enciende a las 21:30 con 147 farolas blancas que dibujan una línea continua hasta el casino. En agosto, la Noche Blanca convierte la avenida en escenario abierto (día 15, desde las 20:00); las Fiestas del Mar llenan las terrazas de conciertos (día 16, Orquesta de Jazz de Loulé) y fuegos artificiales estallan sobre el mar en calma (23:30). El Casino, inaugurado el 26 de junio de 1993 y primero del distrito de Faro en recibir licencia de juego, mantiene sala llena hasta las 3:00: ruleta (mínimo 5 €), blackjack (mínimo 10 €), cócteles en la azotea con vista a la costa iluminada (8-12 €). La Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, de 1969, sirve de punto de encuentro el día de la patrona, 15 de septiembre, cuando la procesión baja a las 17:00 hasta la orilla y los pescadores lanzan flores a las olas.
Cuando el viento de levante sopla al caer la tarde, levanta cortinas finas de arena que danzan pegadas al suelo. La playa se vacía despacio, los últimos bañistas recogen toallas y sombrillas, y solo queda el sonido grave del mar golpeando la arena compacta —un ritmo monótono, casi industrial, que no promete misterio ni leyenda, solo la certeza de que mañana el volverá a estar ahí, puntual, generoso, implacable.