Artículo completo sobre Castelo Bom: el olor a tomillo y el cruceiro de motos
En Almeida hay un pueblo que olvida el reloj y celebra San Juan con Xico da Cidade
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El viento entra por las calles de Castelo Bom con olor a tomillo quemado de la noche anterior. No es el aire limpio de las alturas: arrastra el polvo de los secanos de centeno y el eco lejano de las máquinas en la N16. Las casas de pizarra, sí, aún están ahí, pero algunas llevan años con las ventanas tapiadas. El empedrado irregular tambalea los tobillos del que no está habituado, y a veces un gallo canta a las tres de la tarde, confundido por la luz.
El pueblo que se negó a perder el nombre
Don Dinis le concedió carta de villa en 1296, pero lo que importa es que aún hay quien dice «Castelo» aunque el castillo desapareció hace siglos. Los mayores aseguran que existía una torre, pero nadie sabe exactamente dónde. Cuando el municipio se extinguió en 1834, los vecinos se resistieron a cambiar la denominación —no por terquedad, sino porque así pedían el pan en la panadería de Almeida: «somos de Castelo Bom». La iglesia parroquial tiene el campanario ligeramente torcido desde el terremoto de 1755, y el cruceiro de 1741 sirve ahora de apoyo para las motos cuando el cura no está mirando.
Lo que se hace con el silencio
Ciento setenta y dos personas, dicen los censos, pero en realidad son menos. El colegio cerró cuando Joana se marchó a la universidad en 2003. Sin embargo, el silencio miente: hay un zumbido constante de la red eléctrica, los perros que ladran a las zorras, el tractor de Alberto a las seis de la mañana. Por San Juan, el ayuntamiento de Almeida pone orquesta y tracas, pero son en las casas particulares donde se celebran las verdaderas fiestas: José Manel aún guarda los discos de Xico da Cidade, y María da Graça se empeña en enseñar a sus nietas a aplaudir en los sitios exactos de la «Moda do Entrudo».
El sabor del altiplano
El cabrito viene de Vilar Formoso, es un secreto a voces. En la ultramarinos del Sequeira lo venden congelado, pero quien tiene parientes en el campo consigue un animal de leche auténtico. Se asa en el horno de leña de Zézinho, el único que aún guarda leña de encina —los demás usan pino, pero no da el mismo humo. El arroz con grelos lleva panceta ahumada del cerdo que Antonio mató en enero. Las queijadas siguen la receta de la abuela Felismina: masa de hojaldre comprada y relleno de requesón de la Serra da Estrela cuando hay oferta en el Intermarché. El vino blanco lo hace Silvério en el garaje —no tiene DOP, pero solo tiene 11 grados y baja como agua.
Entre el Côa y el tomillo
El sendero PR3 empieza justo arriba, pero las señales desaparecieron tras el incendio del pinar. Quien no conoce el terreno se pierde entre los chaparrales del Vale de Coelha. El arroyo se seca todo el verano —solo lleva agua los días de tormenta, cuando baja aquella marea de barro rojo que tapona el puente romano. El molino de 1732 tiene la rueda rota desde que el nieto del molinero se marchó a Francia. Pero aún hay avutardas, sí señor: Rui, del pueblo de abajo, las ve cada otoño cuando va a recolectar setas a los robledales que quedan. Dice que le pasan rozando la cabeza, tan grandes como gallinas, y suenan como un ventilador.
Al caer la tarde, el atrio se llena de bancos de piedra y de ancianos. La campana toca tres veces, no siete: el badajo roto pesa demasiado para el brazo de Antonio. El sol se pone tras el monte del Señor de los Aflitos, y durante media hora la pared de la iglesia se vuelve color de miel. Luego anochece del todo, y empiezan a encenderse las luces de las casas, una a una, como si el pueblo volviera a nacer.