Artículo completo sobre Castelo Mendo: murallas que susurran frontera
Villa medieval sin turistas, donde las cigüeñas heredaron los molinos y el viento cuenta la batalla
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El viento llega antes que la vista. Antes de distinguir la primera torre, te lo encuentras en la cara, bajado de la frontera, capaz de clavar la lluvia en diagonal. Castelo Mundo nació para eso: para vigilar quién se acercaba. Hoy manda el aire.
Estamos en una de las parroquias menos pobladas del distrito de Guarda: 208 personas repartidas entre cuatro lugares —Castelo Mendo, Ade, Monteperobolso y Mesquitela— que en 2013 decidieron unirse porque solos ya no tenían sentido. De ellas, 123 superan los 65 años; solo tres son niños. El resto es gente que se quedó o que acabó aquí por motivos que no siempre se explican.
Dos cinturas de piedra sobre la raya
Castelo Mendo es de las pocas villas donde el plano medieval sigue siendo útil. Dos murallas, una dentro de otra, como quien se arropa. El castillo es Monumento Nacional desde 1922, pero eso no paga el tejado de nadie. Desde lo alto se ve la carretera que se va a Vilar Formoso y, los días despejados, las colinas de Salamanca. El granito está tan cascado que parece una galleta de agua y sal partida por la mitad.
El nombre viene de un tal Mendo, señor de estos pagos en el siglo XII. Nada heroico: un ricachón de la época que probablemente ni pisaba el lugar.
La iglesia justa y los molinos que se pararon
En Ade, la iglesia parroquial es del tamaño exacto de la aldea: caben los que van. No tiene arte, tiene uso. Las ermitas que salen al camino funcionan como postes de correos: marcan donde se esperaba el autobús del señor que hace treinta años que no pasa.
Entre Mesquitela y Monteperobolso, los molinos son ahora casa de cigüeñas y zorros. La rueda está atada con alambre y la acequia se la llevó el tiempo. Los prados aún sirven de pasto, pero los chulapos que venían de Lisboa a acampar ya han tirado la toalla: la cobertura es traicionera y el bar de Mesquitela cierra a las seis.
Cabrito, aceite y el cuerpo que se calienta
La comida es la que se hacía cuando había hambre. El cabrito de la Beira es gordo y se lleva bien con un tinto que no se bebe en otro sitio: ácido como la tierra. La chanfana lleva tres días: uno para sacrificar el chivo, otro para adobarlo, otro para comerlo. La broa es de maíz, porque el trigo cuesta. El aceite es de los alcornoques viejos que aún no se han vendido a la fábrica de tapones.
Si viene entre octubre y abril, traiga ropa de abrigo. El viento no pide permiso y la nieve, cuando cae, se queda.
El cielo más negro de la Beira
Por la noche, apague la linterna. No hace falta: el cielo lo hace todo. La Vía Láctea brilla tanto que parece postal exagerada. Lleve prismáticos si tiene, pero no lleve música: aquí el espectáculo es el silencio.
Hay cuatro casas para dormir. Son construcciones antiguas con paredes de metro y medio. Ninguna tiene tele en la habitación —eso está en el hotel de Almeida, a veinte minutos. Lleve zapatillas: el granito no cede calor.
El último ruido antes de dormir
En la calle, pasadas las diez, solo se oye al perro de José Manel roer un hueso o la puerta de Celestino, que nunca se cierra con llave. Acuéstese temprano. El primer tractor pasa a las seis y media y, si le toca de humor, le hará pensar que aquí aún queda gente.