Artículo completo sobre Malhada Sorda: silencio y aceite en la meseta
Paraje de Almeida donde el viento acarrea olivares centenarios y 254 almas
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El silencio pesa sobre el campo. A 794 metros de altitud, el aire de la Beira Interior tiene una densidad distinta: más frío al amanecer, más seco al mediodía. Malhada Sorda se extiende por 45,14 km² de altiplano donde el viento no encuentra obstáculos, solo muros de pizarra oscura que delimitan fincas y el trazado antiguo de los regadíos. Aquí, en el municipio de Almeida, el paisaje no se entrega de inmediato. Hay que caminar, dejar que la vista se acostumbre a una horizontalidad casi absoluta.
Tierra de poca gente
Viven aquí 254 personas, según el INE de 2021. Ciento treinta y ocho superan los 65 años: el 54% del total. Los menores de 14 apenas suman diez. Las casas se reparten por el territorio con una densidad de 5,6 habitantes por kilómetro cuadrado. Hay huertos donde la mirada alcanza la casa vecina solo en el límite del horizonte. Lo que podría parecer soledad adquiere aquí otra textura: la de un espacio que no exige prisa ni explicaciones.
Piedra y aceite
El único monumento catalogado de la parroquia —la capilla de San Sebastián, declarada Bien de Interés Cultural en 1977— se alza en piedra local, pero la verdadera riqueza de Malhada Sorda está en la tierra. Los olivares se extienden por las laderas más resguardadas y producen el Aceite de Beira Alta DOP, certificado desde 1996. La recolección sigue siendo manual en muchas fincas: las ramas se golpean sobre redes extendidas en el suelo. El aceite que sale de los lagares artesanales tiene una acidez inferior al 0,3% y el sabor concentrado de las altitudes.
En la mesa, el Cabrito de Beira IGP —región delimitada en 1996— llega asado en horno de leña: la piel cruje entre los dientes y la grasa infiltrada en la carne le da una textura irrepetible. La región vinícola de Beira Interior, DOC desde 2005, aporta los tintos corpóreos que acompañan el plato: vinos de altitud, con taninos firmes y un final largo.
El ritmo de la llanura
Caminar por Malhada Sorda es descubrir que el paisaje se revela por capas. Primero, la impresión de vacío. Después, los signos discretos de ocupación humana: un ahumado aún activo, una huerta amurallada, perros que ladran a lo lejos. El sol rasante de la tarde enciende el granito de los dinteles y proyecta sombras largas sobre los caminos de tierra apisonada. En invierno, el frío muerde: las mínimas bajan a menudo de -5°C. En verano, el calor seca la hierba hasta el tono paja y las máximas rara vez superan los 30°C.
Hay quien viene aquí buscando precisamente esto: la ausencia de estímulos, la posibilidad de oír su propio pensamiento sin competir con el ruido del mundo. No hay multitudes ni circuitos turísticos señalizados. Sí hay, en cambio, la opción de sentarse en un muro de piedra y dejar que la mirada se pierda en la línea donde la tierra toca el cielo: una línea tan nítida que parece trazada con regla, pero que cambia de color según la hora y la estación.