Artículo completo sobre União das freguesias de Algodres, Vale de Afonsinho e Vilar de Amargo
Entre el Côa y España, tres aldeas donde el silencio sabe a granito y aceite
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El silencio, aquí, pesa. No es ausencia: es el chirrido de la verja del señor Joaquim, que nunca cierra del todo; el taconeo de doña Lurdes sobre los adoquines de la Rua de Baixo; el viento que sube del Côa y hace crujir los olivos como mástiles de barco. Cuando el sol se inclina, el granito de las paredes se calienta y despide ese olor a moho y polvo que sólo reconoce quien nació entre estas piedras. En Algodres, Vale de Afonsinho y Vilar de Amargo no hace falta nada más: piedra, cielo y el relieve que se dobla hasta España.
Tres aldeas, una misma raíz
La unión llegó por decreto en 2013, pero llevábamos siglos siendo el mismo lugar. En Algodres la iglesia blanquean sus paredes cada dos años como manda el ayuntamiento, pero dentro sigue oliendo a cera y a lavanda como siempre. Vale de Afonsinho tiene una ermita donde el párroco aparece los domingos —si aparece— y las velas cincuenta céntimos en la cajita de madera. Vilar de Amargo se apaga despacio: portas entornadas, tejas rotas, un gato negro que parece el guardián de las ruinas. Aún hay quien resiste. Seis personas por kilómetro cuadrado es poco, pero basta para que alguien deje la luz encendida.
Grabados que atraviesan milenios
Las figuras del Côa no son un atractivo para turistas: son nuestras. Mi abuelo decía que los caballos de Penascosa galopan de noche cuando nadie mira. El otro día subí con mi nieto: hay que bajar la barranca con el sol dando en la espalda, pisar la misma pizarra que pisaron los nuestros. Las líneas son finas, pero aguantan, como nosotros. Y como nosotros, no piden perdón por estar ahí.
Sabor a altitud
El aceite es de la oliva del patio de José Manel: deja un amargor en la garganta que garantiza su buena crianza. El cabrito entra en el horno de leña de doña Amélia, que sólo abre los sábados; la piel ha de crujir, si no, lo devuelve. El queso es Terrincho de verdad, no esos que vienen de fuera con el sello pegado. La chanfana se cocina con vino del Seijo que hace mi primo en la bodega: no tiene DOP, pero es nuestro. Los vinos de Beira Interior somos nosotros: cerrados al principio, pero después se abren y muestran lo que llevan dentro.
Alas sobre el Duero Internacional
Los buitres son los dueños de verdad. Giran todo el día, esperando. Los senderos empiezan en la puerta de casa: siga por la vereda de los cerezos, baje hasta el Côa, vuelva a subir. Por la noche, apague la luz y el cielo es un balcón abierto. La Vía Láctea no es metáfora: está ahí, cayéndonos encima como una sábana olvidada en el tendedero.
Cuando suena la campana y el eco se apaga en el aire frío, no hay prisa. Quédese en el umbral. El olor de la leña le sube a la cara, el frío le baja por los hombros. Es esto. No hace falta nada más.