Artículo completo sobre Almofala y Escarigo: silencio entre águilas y olivos
Almofala y Escarigo, en Figueira de Castelo Rodrigo: puente romano, águilas reales, AOVE y silencio puro.
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El granito del puente de Almofala guarda dos milenios en sus arcos de medio punto. El agua discurre por debajo, indiferente, murmurando lo mismo que escucharon los ingenieros romanos cuando alzaron la fábrica. Pero ojo, esto no es postal: si vienes en invierno, abróchate el anorak, porque el viento del Duero corta como una cuchilla y las piedras están más frías que la charla del Manolo del bar.
La parroquia nació en 2006 de la unión de Almofala y Escarigo, pero la huella humana se remonta a cuando Roma gobernaba la península. La Torre de Almofala, alias Torre de las Águilas, es como el caserón familiar que nadie se anima a arreglar: ahí arriba, hecha polvo, pero las águilas no protestan. Vuelven cada año, como los emigrantes al pueblo, se posan entre sillares y celebran su fiesta particular.
Densidad de silencio
Ciento ochenta vecinos repartidos en casi cinco mil hectáreas. Haz la cuenta: un gato por cada dos campos de fútbol. Así que si cruzas a alguien, no es turista: es vecino. Saluda, que les encanta. Escarigo y Almofala son manchas de pizarra gris, tejados de pizarra negra y muros de piedra en seco que trepan por la ladera. A las cuatro de la tarde las calles están tan vacías que hasta el perro de Antonio se ha ido a dormir a casa del vecino — debió pensar que había demasiada gente.
Desde aquí se abre el Parque Natural de Arribes del Duero: sierras pobladas de encinas y almendros que en febrero parecen cubiertas de nieve — pero es flor, no te cargues los esquís. La altitud —636,7 m— da frescor a las mañanas incluso en agosto. Ideal para caminar sin acabar chorreando. Pero lleva agua, que el único bar que encontraste cerró a las dos porque Rosa se fue a misa.
AOVE, terrincho y altura
Las quintas producen AOVE Beira Alta DOP en lagares de piedra restaurados. ¿El truco? El olivar ocupa los mismos bancales que los romanos dedicaban a los viñedos: algo habrán visto que aún no hemos descifrado. El queso Terrincho te rasca la garganta con personalidad — ni para paladares infantiles ni para quien crea que el flamengo es queso. El cabrito de la Beira solo los domingos, solo en horno de leña y solo si tu colesterol está de vacaciones.
El puente sigue siendo paso de peatones y todoterrenos: dos franjas estrechas de empedrado bruñado por los neumáticos. Cuidado con los alemanes de mochila: paran en mitad para fotografiar y luego te preguntan si hay Wi-Fi. Desde el pretil ves el arroyo, el reflejo inestable de las piedras en la corriente, y, si hay suerte, una lata de Super Bock río abajo — debió soltarla Pepe el domingo.
Al atardecer, cuando las águilas vuelven a la torre en ruinas y el sol incendia el granito del puente, el silencio es tan espeso que parece cortable con la navaja del pan — si tienes pan, porque el único ultramarinos cerró a las cinco. Pero no te quejes: eso es lo que hace volver a quien ya estuvo. Como dice Pepe: "Aquí no hay redes sociales, hay redes de alambre para las gallinas — y las gallinas no dan likes, dan huevos."